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Ayunos, dietas y otras rebeldías digitales

Texto de Víctor Sampedro para el número 20 de la revista ‘Cuadernos‘ de eldiario.es, “Internet, el futuro y la libertad”.

*[Remezcla redux del libro Dietética Digital – Icaria, 2018 – con citas en cursiva de la novela de Dave Eggers El círculo – Ramdom House, 2014]


En 2018 constatamos que los amos de nuestras comunicaciones (y nuestros datos) piden perdón, pero nunca permiso. Marc Zuckerberg dijo mucho “sorry” cuando compareció ante el Congreso de EE.UU. y el Parlamento de la U.E. Parecía un adolescente al que le habíamos dado las llaves de casa.

Entró hasta el dormitorio, llevándose todo lo que quiso: a discreción y sin permiso. Y luego lo vendió al mejor postor. A pesar de sus 33 años y el destrozo provocado, solo pidió perdón. Hizo vagas promesas y no aceptó ningún compromiso. Se fue sin rendir cuentas. Sin aceptar hacerlo en el futuro.

El mito de la democracia digital se vino abajo cuando supimos lo de Cambridge Analytics [CA] y las elecciones estadounidenses de 2016. El dueño de Facebook (y de Whatsapp e Instagram… de los datos de, al menos, uno de cada cuatro o tres habitantes del planeta) reconoció un desastre en términos democráticos. Facebook había permitido la injerencia de Putin en la campaña y a Trump usar las malas artes de CA. Empleó los datos de casi 90 millones de usuarios norteamericanos (en un censo de 137 millones) sin su consentimiento.

Objetivo: enmudecer y desactivar votantes de Hillary Clinton en estados clave para alcanzar la Presidencia.

Resultado: la soberanía nacional vulnerada y la popular manipulada. Las redes y el info-entretenimiento político con formato de reality se retroalimentaron. Y propulsaron a un candidato del que lo mínimo que podemos decir es que no está preparado para ocupar el cargo.

Nadie (excepto el joven Marc Z.) sabe el peso que tuvo CA en el triunfo de Trump. Pero quedó claro que las redes (mal llamadas sociales) son plataformas de vigilancia, experimentación y propaganda al servicio del mejor postor. Nosotros aceptamos “comunicarnos” renunciando a la privacidad. El ámbito que confiere libertad y autonomía. El derecho a estar solos o con quien decidamos.

Ojalá fuésemos el producto de este negocio, como dicen algunos. Porque nos arrogaríamos el glamour de un iPhone X (de eso va mucho trap). Pero somos esclavos que no queremos comprar la libertad. La intercambiamos por una marca digital.

Nuestro ocio: tiempo de trabajo no remunerado, que la industria de datos monetiza. Usamos servicios “gratuitos” que nos ponen a minar datos. Y luego nos meten en la cadena de montaje de perfiles digitales, encadenándonos.

Ayudamos a formatear propaganda personalizada al detalle. Picamos datos y las redes criban perfiles psicológicos y biográficos, revelados al usar cualquier dispositivo. Y, tras exponer nuestras debilidades y tejer redes de confianza, nos convierten en objetivos y canales publicitarios. Vulnerables a una propaganda que se disfraza de información veraz y que viralizamos como diálogo social espontáneo.

Somos propagandistas de la basura que fabrican. Y que los rebeldes ya no tragan. Huídos de la mina y la cadena. Sin ponerse de perfil.

En 2018 los (pos)millenials entendieron por qué las redes les incitan a tener “un millón de amigos… y así con ellos poder cantar” la alegre monserga digital. Haciendo coros en plan Roberto Carlos, al dictado de los monopolios de Google (buscadores), Apple y Microsoft (equipos y programas), Facebook (redes) y Amazon (distribución).

Nadie necesita el número de “contactos” que fomentan. No aportan nada. No generan nada. Son como comida basura. ¿Sabéis cómo elaboraron esa comida? Determinaron científicamente la cantidad de sal y grasa que tienen que incluir para que sigamos comiendo. No tienes hambre, no necesitas la comida, no te ayuda en nada, pero sigues comiendo calorías falsas.

Todo lo que pasa debe ser conocido.

Compartir es cuidar de los demás.

La privacidad, un robo.

Eran estribillos muy populares hasta 2018. Se entonaban cada vez que poníamos las manos en un teclado o el dedo en la pantalla. Pero, finalmente, reconocimos que no podíamos conocerlo todo. Ni soportar más el perverso síntoma de habernos perdido algo. El hambre de reconocimiento y refuerzo positivo, por falta de autoestima, no se aliviaban compartiéndolo todo. Expoliaban y degradaban los verdaderos tiempos y espacios sociales. Nos hacían transparentes al poder. Y a este, opaco e irresponsable.

¿Sabes cuando acabas una bolsa de patatas y te odias a ti misma? Sabes que no has hecho nada bueno para ti. Es lo mismo, y lo sabes, después de cada atracón digital. Te sientes inútil y vacía y empequeñecida.

Empantallados 24/7 se hartaron de las descargas de dopamina del Deep Face: la cara oculta del interfaz. Iconos y alarmas diseñados para generar la hormona de la que van puestos los adolescentes, el neurotransmisor que la cocaína y la anfetamina ayudan a liberar.

La gente libre (la que pelea por serlo) se distinguirá por sus ayunos, dietas y otras rebeldías digitales. Frente a quienes serán aplastados por el sobrepeso de su huella digital. Estarán inmovilizados por el rastro que dejaron, por desconocimiento e inconsciencia.

“No me importa que me espíen”, dicen. Creen que las empresas les ofrecerán lo que desean, no lo que más beneficio genera. Aprovechando su ignorancia y carencias, creando falsas necesidades, desatendiendo las básicas, satisfaciéndolas con ficciones y adicciones.

A unos les espiaron porque se imaginaban consumidores soberanos bajo una cúpula de vigilancia. Otros escogieron ser refugiados y heremitas. Les llamaban así en el instituto porque rechazaban el Triángulo de las Bermudas que abduce a los adolescentes: comida basura, centro comercial y pantallas.

Los rebeldes digitales reinventan la contracultura y, por tanto, frecuentan el subsuelo, los desiertos y los bosques. Se alimentan de lo que está germinando. Son frugales, recolectan frutos salvajes. Ponen a dieta al Gran Hermano Estado y al Hermanastro Mercado. Generan herramientas y redes digitales descentralizadas (sin control jerárquico), abiertas (controladas por los usuarios) y libres (de usar, compartir y reprogramar).

La rebeldía del s.XXI reside en hackear, reprogramar cuerpos, máquinas y algoritmos. Recombinar el código genético y digital expresando nuevos afectos, cuidándonos y combatiendo los bonapartes digitales que pretenden dirigir el manicomio.

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