Dietética Digital Libre

Clarividencia y psicopatía del selfie

La banalidad con la que nos retratamos se enseña en las aulas. La tutora de mi hija la animó a contar el verano con selfies cool cuando tenía diez años. Además de enseñarle mal inglés (el adjetivo precede al sustantivo… cosas del bilingüismo impuesto e impostado), le marcaba el estilo a seguir (cool: guay). La animaba a ser el centro de atención. ¿Por qué los selfies tienen que ser cool? ¿Es obligatorio sonreír? Y, ¿para qué convertirse en el centro de atención de los demás? ¿No es mejor recibir sus cariños y cuidados? La propuesta pedagógica era: actúa de protagonista principal. Sé el centro de todas las miradas y empieza por la tuya.

La moda de los selfies se desató en 2010 con la primera cámara frontal del iPhone. Desde entonces, la industria digital no ha dejado de promocionarlos. Es sencillo constatarlo. Basta ver los anuncios (en televisión, vallas publicitarias, etc.) de los últimos teléfonos móviles más vendidos como Apple, Samsung y Huawei. Todos sólo mencionan la ferolítica cámara y muestran las fotazas que podremos sacar.  La mayoría selfies. Nos incitan a (auto)retratarnos con fines promocionales y publicitarios. Nuestros selfies, son sus anuncios.

Pero el autorretrato puede entenderse como una forma de reivindicación: dejar constancia de que existimos. Perdida la confianza en el futuro, nuestro destino resulta incierto. Por eso retratamos el presente: para inmortalizarlo, para inmortalizarnos antes de desaparecer. Fijar los instantes felices y dejar constancia. Quizás para ganar clarividencia: ver más claro.

El autorretrato digital también podría canalizar el loable deseo de reinventarnos. Nos remodelamos, posando como modelos de pasarela. O “en plan auténtico”. Si fuésemos conscientes de que siempre posamos, los selfies nos ayudarían a reafirmarnos, permitiendo (re)conocernos. Juntos, compondrían un espejo de mil caras. Contemplándonos desde muchos ángulos y diferentes momentos, revisaríamos quién fuimos y en qué nos hemos convertido. Vislumbraríamos quién queremos ser. Hacia quién apuntamos. Y luego podríamos intentarlo o desecharlo, conscientes de que construimos nuestras (re)presentaciones ante los demás.

Los usos más creativos y positivos de los selfies no son mayoritarios. La publicidad y la escuela tampoco los fomentan. La inmensa mayoría nos exhibimos en vez de explorarnos. No nos retratamos para descubrir nuestro estado de ánimo o el de nuestros acompañantes. La cara, dicen, es el espejo del alma. Pero “sacarse un selfie” se ha convertido en un proceso casi automático de autopromoción publicitaria.

Pasos para sacarse un selfie:

(1) disparar sin reparar en el contexto,

(2) ver “cómo he/mos quedado”,

(3) borrarlo si “no salió bien” y

(4) compartirlo en las redes si tiene formato de anuncio.

El selfie no es una mirada interior, sino a la galería. Nos formateamos para promocionarnos.

Ilustración de Raúl Arias.

Las redes incentivan la autopromoción. Porque la introspección y la autocrítica se viralizan peor que el autobombo. Cuando nos retratamos, exhibimos una felicidad autocomplaciente. Aunque nace de la inseguridad. La V de victoria solicita el aplauso. Nuestra sonrisa, el emoticón del jajaja. Snapchat solo ofrece complementos graciosos y ocurrentes para adornarnos. Ofrece la versión carnavalesca del pensamiento positivo: siempre divertidos, ocurrentes, motivados… disfrazados.

¿Por qué no “escribir” un diario autobiográfico con selfies? Imitaría los cuadernos antiguos que se guardaban bajo llave o en un lugar oculto. Ayudaban entender el presente a la luz del pasado. Se compartían, si acaso, con los más íntimos. Pero sería insensato realizarlo en las redes más populares. Su función comercial elimina la privacidad. Sin esta, con el narrador expuesto a todo tipo de intromisiones, no existe libertad para contarse.

Las aplicaciones promueven imágenes viralizables. Resulta revelador que, salvo contadas excepciones, no ofrezcan la posibilidad de compartir selfies solo con determinados usuarios. Impidiéndoles que los reenvíen. La tecnología de Snapchat, por ejemplo, lo permite. Y los expertos lo recomiendan para frenar el acoso digital. Pero, de nuevo, las fotos sexies se viralizan más y comercialmente no compensa limitar su difusión. Aumentar el control de los usuarios, supone restar el de las plataformas. Y lo quieren todo.

Ninguna red publicitaria (tampoco Snapchat) respeta las normas de encriptación, ni borra definitivamente ninguna imagen. Además los selfies constituyen la materia prima de los programas de reconocimiento facial. Conocer el color de piel y la edad real hace posible enviarnos publicidad personalizada. E identificarnos en otras imágenes o grabaciones que aportan más información sobre nosotros.

Un uso positivo de la autofoto es, sin duda, celebrar la compañía que hemos compartido. Usar los selfies para estrechar lazos y renovar el deseo de encuentro y contacto físico. Lo descubrí en el grupo de WhatsApp familiar. Casi nunca incomoda. Nadie comparte nada que no hayamos protagonizado. La abuela María Jesús, aunque no tenía móvil, era el centro. Las nietas la fotografiaban y acicalaban en Snapchat. Los selfies ahí sirven de llamadas de la tribu a reunirse.

Las madres y abuelas activas en WhatsApp son muchas. Y usuarias líderes en su franja de edad. Buscan un fin semejante: mantener el clan unido y atendido. No demandan atención. Usan las redes para seguir dando cuidados. Representan la antítesis del egoísmo y el narcisismo digital.

Los selfies son una moda transgénero. Los varones también nos fotografiamos el cuerpo como si fuésemos objetos. A la larga, esa cosificación deshumaniza. El aspecto físico se convierte en marca propia y de los otros. Y acabamos considerándonos cosas, objetos que se poseen o instrumentos para enaltecernos. ¿Exageramos?

Un estudio riguroso, realizado en 2015 con hombres, demostraba que el número de selfies se relaciona con el nivel de narcisismo. Aumentan proporcionalmente a la inseguridad personal. Y tienden a fomentar el autobombo y el engaño, la frialdad y la rudeza. Pueden activar estrategias de manipulación y agresión. Todo vale para alcanzar un reconocimiento que, aunque sea en sentido negativo, puede lograrse mostrando prepotencia y fomentando miedo.

Cartel de la película ‘Selfie’.

Los hombres que se sienten superiores, atractivos o inteligentes suelen publicar más fotos en las redes. Los más narcisistas llegan a comportarse como psicópatas. No saben ponerse en el lugar de otras personas. Actúan por impulso. Buscan emociones fuertes a costa de los demás. El estudio que cito indicaba que, descontrolados, acababan actuando como sociópatas. Se desentienden de su entorno y relaciones, no digamos de la sociedad. Conciben a la gente como un medio para alcanzar un objetivo. Algunos practicaban el troleo y el ciberacoso; es decir, disfrutaban cargándose las conversaciones y la autoestima del resto.

La investigación científica avala que la inseguridad y la angustia vitales se traducen en prepotencia digital. Las psicopatías aparecen si no se ponen filtros o límites al impulso narcisista. Las redes lo fomentan. Los tipos que posteaban presumiendo que bebían mucho y eran promiscuos triunfaban: recibían más reacciones y seguidores. Cuanto más explícita y ufana fuese la chulería, mejor. Representaban el alma masculina de la fiesta digital.

Tanto retratarnos y no sabemos reivindicarnos ni reinventarnos, dos funciones clásicas del autorretrato artístico. Tampoco (re)conocemos a los más cercanos, porque buscamos el aplauso de desconocidos. Ni entendemos mejor la realidad que nos rodea, porque la registramos a nuestra medida.

Hacemos selfies publicitarios. En la sociedad del espectáculo nos creemos protagonistas principales. Los demás hacen de secundarios o figurantes. Y el mundo se transforma en un decorado, donde representamos una obra. Una historia de fama y éxito al alcance de cualquiera. Pero algunos llevan ventaja, porque abusan de su posición y recursos.

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