Dietética Digital Libre

Cuerpos y máquinas para adelgazar al Gran Hermano

Las redes digitales pueden enriquecer y potenciar las redes de carne y hueso. Pero si las sustituyen nos restan poder. Porque lo delegamos en otras manos, para servir intereses ajenos y, en gran medida, contrarios a los nuestros. Si, en cambio, entrelazamos las relaciones online y offline, dentro y fuera de la pantalla, ambas se refuerzan. Podemos mostrar un enorme poderío, que en andaluz se entiende mejor que empoderamiento. Y que no tiene nada que ver con la chulería de un troll o una celebrity, sino con la certeza de lo mucho que valemos y somos capaces de hacer.

Las movilizaciones de los precarios estadounidenses impidieron que Andrew Puzder, un magnate de comida basura, fuese el ministro de Trabajo del primer Gobierno de Trump. Sin una movilización mixta, en las redes y en las calles, aquel mangante de salarios habría organizado el mercado laboral. Quería relanzar el mito del sueño americano, el país de las oportunidades, desde los fogones de McDonalds.

Make America Great Again, but McDonalds First. El verdadero lema electoral de Trump era “Hacer América grande de nuevo, pero antes McDonalds”. Se ajusta mejor a un candidato que pretende defender a los trabajadores pero que, de hecho, plantea una política económica que antepone los beneficios empresariales y financieros. Las redes de precarios desmontaron el lema decapitando a Puzder. Su identidad no había sido abducida por la publicidad que les identificaba con sus patrones. No habían puesto todas sus energías en las redes digitales. La sacaron a la calle.

Manifestación en contra de Puzder con un cartel de la campaña #Fightfor15.

La McTele normalizó el trabajo basura para los primeros salvajes (nativos digitales) que poblaron Internet cuando aún tenían los dientes de leche. Lo convirtió en una forma normal de ganarse el pan. Era el sueldo precario o la beca de prácticas no remunerada que aceptaban sus hermanos y primos mayores. Acabaría convertida en la única alternativa laboral; si es que llegaban a ofrecérsela. Ganarse el pan, apenas eso. Porque no daba para el circo. A no ser que lo montasen ellos mismos. Y, entonces, cuidado. Compartir contenidos digitales con copyright es delito. El recorte de derechos laborales se acompaña de menos libertad digital.

Las leyes mordaza multan a quien convoca manifestaciones o se expresa en Internet sin la debida “corrección”. Los raperos sin bozal y los tuiteros deslenguados reciben castigo ejemplar. Lo guay es convertirse en youtubers: empresarios emprendedores de una marca que dicen personal, pero que no vale nada sin patrocinadores. En resumen: la persona se entiende como individuo consumista y objeto de consumo, que se construye a sí mismo como negocio o fuente de beneficio.

La tele y las redes digitales promueven una marca individual, que apenas remite a familiares o círculos de amigos estables. Es una marca consumista y de consumo, que se vincula a los símbolos del triunfo social asociados a productos y servicios. Es una marca que, en sí misma, quiere ser valorada como cualquier otro objeto. Su valor son las cifras de audiencia de la McTele y del “megusteo” de las redes.

En el mundo virtual triunfan las marcas lucrativas, pensadas para ganar y hacer ganar dinero. Millones de individuos cortan sus lazos sociales y se autoexplotan de forma exhibicionista. Sueñan convertirse en “influyentes”, pero trabajan a destajo para las redes y otras marcas, vendiéndoles su biografía.

A los que ahora llaman millennials les impusieron la precariedad y trabajaron como bestias de carga para la tele. Bastaba que la vieran y dijesen lo que pensaban. ¿A cambio de qué? De la mercancía más valiosa que hay en el mercado: su identidad. La “marca personal” que creían única, original e intransferible: expresión genuina de su personalidad. Pero los niños del comienzo del siglo XXI generaban datos sin cesar y terminaban convertidos en más datos. Ahora todos formamos parte de esa generación vendida. Nos vendemos. Somos unos vendidos. Si nos dejamos, estamos vendidos.

La McTele y las redes mienten. Ocultan que su objetivo es construirnos una identidad que da dinero, mucho más dinero a sus dueños que a nosotros. Quieren que la construyamos de forma voluntaria, movidos por nuestro afán de reconocimiento y narcisismo. Agradecidos de los servicios “gratuitos” que nos “regalan”. Inconscientes de lo que perdemos por el camino.

La industria digital sueña con tenernos pegados a las pantallas, todo el tiempo que sea posible. Porque un anunciante quiere saber cuanto público le ofreces, con qué rasgos y capacidad de gasto. Para nuestras amistades somos una vía de comunicación tremendamente fiable: confían en que no les engañamos y, como es lógico, desconfían de la publicidad. Disfrazada de comunicación personal, su eficacia es enorme.

El gran engaño digital sonaría a broma de mal gusto si no representase un fraude masivo. Nos alienta a que nos autopromocionemos. Que contemos en tiempo real qué nos gusta, qué compramos, cuándo, dónde, para qué y con quién. Así nos convertimos en un chollo: la clientela con la que sueña cualquier tendero. No le hace falta preguntarnos nada, se lo contamos todo. Lo sabe analizando la infinidad de huellas digitales que dejamos en todo momento y lugar. Puede comprobarlo cruzando los datos con los movimientos de nuestras tarjetas de crédito. Puede experimentar los anuncios y mensajes más efectivos.

Desnudar nuestra intimidad y enseñarlo todo ante las cámaras de televisión, un ordenador o un móvil no nos hace más fuertes, sino más frágiles. Valemos la información de mercado que podemos dar. Y cuando lo hayamos confesado todo, no valdremos (para) nada. Somos los currantes, la principal mercancía y el producto estrella de todo este negocio. Además de producirnos —como datos y canales publicitarios— pagamos un precio muy alto. Nada es gratis. Y, si lo parece, es porque alguien lo paga. Y disimula su beneficio con “regalos”.

Ilustración por Raúl Arias.

Resulta increíble que muchas personas digan que no les importa que les espíen. Porque sin controlar el “perfil” que (inevitablemente) construimos y la “huella” (imborrable) que dejamos, perdemos libertad. Sin mantener nada en privado o secreto, nuestra capacidad de acción se ve limitada. Pueden anticipar lo que haremos. O echarnos en cara lo que dijimos o hicimos, sacándolo de contexto y destruyendo nuestra imagen.

Quien da por sentada y justificada la pérdida de privacidad y anonimato se tiene poca estima. Reconoce que sus datos y comunicaciones no valen nada, que nada valioso piensa hacer con ellos. Es un síntoma también de ignorancia de los riesgos que corre si su huella digital se vuelve en su contra. Y es, por último, una señal evidente de inseguridad personal. Quien se exhibe y muestra ante los demás sin recato, busca reconocimiento. Sin suficientes “me gustas” no es (se siente) nadie. Y nunca tiene bastante.

¿Por qué elegir entre relaciones presenciales y digitales? ¿Por qué las hacemos excluyentes? De hecho, coexisten y están muy trabadas. Para bien y para mal. Bien tejidas, ambos tipos de redes brindan ayuda cuando más la necesitamos. Igual que a la trapecista, nos animan a volar alto y lejos, superando miedos y limitaciones. Sabiéndonos sostenidos si caemos derrotados, fracasados, heridos y enfermos. Afrontando que las caídas y el descenso son inevitables cuando vuelas.

Los efectos positivos de las redes digitales, según los expertos, tienen dos condiciones. No deben contradecir las redes de carne y hueso y estas deben imponerse. Para empezar, la identidad y los círculos digitales no deben oponerse a los presenciales. Nos podemos reinventar, pero no inventar en la Red. Conviene subrayar identidades y reforzar lazos existentes. En caso contrario, lo que somos entra en conflicto con quienes pretendemos ser. Las fotos maquilladas con Photoshop desilusionan en los encuentros cara a cara. Los perfiles inventados no pasan de la primera cita. Una identidad digital ficticia complica la vida.

Puestos a elegir un tipo de red, las digitales debieran subordinarse a las presenciales. Estas últimas exigen reciprocidad y compromiso; algo que se diluye en las “amistades” de Facebook. No “crecen” si no te muestras simpático, brillante y atractivo. Suben cuando te sientes en la cumbre. Pero no te contactan si pasas días sin publicar en el muro. Y desaparecen cuando caes y más apoyo necesitas. Entonces, solo cuentan las redes personales. Si las tienes; porque las mantienes, claro.

La coherencia entre vida virtual y presencial, y la prioridad de la segunda son básicas. Imprescindibles para quienes ven McTele a cascoporro y usan el móvil hasta que les arden los pulgares. Ellos están llamados a reinventar la política y la economía, apoyándose necesariamente en la Red. Es su campo de batalla, porque las clases altas —como es lógico para quien puede elegir— contratan una babysitter antes que una cibernanny. Los niños y jóvenes pasan más tiempo ante las pantallas cuanta más baja es su clase social. Que las usen, pues, pero para salir de ellas.

Cuando una red digital refuerza otra de carne y hueso, el resultado es una malla con la consistencia del acero. Empleada para el bien común, frena nuestra degradación política y económica. No es un lema, ni un deseo. Es una realidad para quien se la curra. Recuerdo cuando los hackers del Espacio Social Autogestionado de La Tabacalera en Madrid “parieron una criatura” (como ellos la llamaban) para la PAH, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Habían adaptado Usaihidi: un programa de código abierto y libre, empleado en crisis humanitarias para movilizar los servicios de asistencia más cercanos. Tras pasar por el HackLab, servía para convocar y coordinar apoyos en cuanto se producía un desahucio.

La PAH paralizó miles de desalojos gracias a un programa informático libre y gratuito, escrito con un código abierto que permitía adaptarlo a las necesidades de los usuarios. La PAH también usó redes comerciales (Facebook y Twitter) para desmentir que los escraches (protestas ante las casas de políticos y banqueros) fuesen actos violentos, que algunos calificaban de intimidaciones con tinte terrorista. Combinando redes propias y comerciales, digitales y humanas, los desalojos pasaron a considerarse situaciones de emergencia social. La autoayuda se coordinaba con Usaihidi.

Desde las redes se argumentaba que el impago del alquiler o la hipoteca no era un asunto de fracasados, culpables de su situación. Parar un desalojo se convertía en una ocasión de lucha y dignidad colectivas. Cuerpos y máquinas movilizaron el coraje y las energías necesarias, llevándolas de la persona al colectivo, de la calle a la Red. Y, desde ahí, a las instituciones. Este recorrido agota y deja exhausto al Gran Hermano. Será grande, pero está obeso.

2 comentarios en “Cuerpos y máquinas para adelgazar al Gran Hermano

    1. Muchas gracias por tu comentario! Sin duda mejoran mucho los posts con las opciones de compartir, gracias por la sugerencia 🙂

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