Dietética Digital Libre

Espejos y espejismos digitales

Virtual proviene de virtus, un latinajo con significados muy positivos: “poder”, “facultad”, “fuerza” o “virtud”. Pero algo virtual, dice la Real Academia, “tiene virtud para producir un efecto, aunque no lo produce de presente. Se usa en oposición a efectivo o real.” La RAE precisa: “tiene existencia aparente y no real.” En buen castellano, pues, el mundo de la McTele (realities) y las redes (comerciales, no sociales) no parece lo que es y no es lo que parece. Además no tiene efectos, insiste la RAE: “no los producen en presente”. Proyecta apariencias de un futuro engañoso: espejismos.

El engaño virtual se basa en el símil del espejo. Nuestra capacidad de hacer cosas depende, en gran medida, de quién pensamos que somos. Y nuestra autopercepción está muy condicionada por cómo nos ven los demás. Para saber nuestro aspecto, nos miramos al espejo o preguntamos a alguien. Pero llevamos vidas tan solitarias que miramos a las pantallas diciéndoles “¿Cómo estoy? ¿Quién soy?”. Si asumimos la imagen que nos devuelven, somos rehenes de un espejismo.

Cada vez cuesta más diferenciar lo real de lo ficticio. Quizás no queremos hacerlo. El mercado de la realidad virtual (RV) va aumentando progresivamente. La falta de interés y estímulos en el mundo físico nos lleva a enrocarnos en mundos irreales. Hollywood ya ha metido baza en este terreno, con el estreno de la película Ready Player One, dirigida por Steven Spielberg. En un mundo exhausto y precarizado, la sociedad se refugia en una realidad virtual paralela -llamada OASIS- que promete emancipación económica.

Pero, si al mirarnos en un espejo creemos ser el reflejo, tenemos un grave problema; quizás psiquiátrico y, desde luego, con consecuencias penosas. Si no es de cuerpo entero, podríamos pensar que perdimos las piernas y negarnos a caminar. Esa pérdida de movilidad le ocurre a quien no puede dejar de mirar la tele o el móvil. Al que “no se encuentra” sin una wi-fi . Al que no se ve si nadie mira sus selfies. O al que no puede imaginarse un mundo diferente sin las gafas de RV.

Convención sobre Realidad Virtual en Países Bajos. Wikimedia.

Hay quien se deprime al descubrir arrugas en el espejo. O, si eres hombre, constatando que solo te crecen los pelos de las orejas. Pero la edad —como la mayoría de asuntos importantes— es algo interior. Depende más de la psicología que de la biología. Antes que el número de años, importa cómo se viven. Nuestra edad no es la de nuestros órganos. La determina la función que les damos. Algunos viejos con cataratas ven más que muchos adolescentes.

Felipe es un amigo que ronda los setenta. Su edad no la dicta el cuerpo, sino para qué lo usa. Se ve a sí mismo más allá del espejo y sin depender de miradas ajenas. Además, es un crack de la tecnología. A su lado, muchos jóvenes parecen octogenarios y analfabetos digitales. Vigilan sin descanso su aspecto en las pantallas y cualquier superficie reflectante. Caminan y no despegan la vista del móvil, excepto para mirarse en las lunas de los escaparates. De hecho, viven en la luna: un planeta de comercios. Internet y la calle son sus pasarelas. Consumen su imagen y su destino es ser consumidos. Han perdido la referencia de los círculos y entornos más cercanos. Allí donde su destino era otro: dar y recibir cuidados. Ofrecer atenciones en lugar de llamar la atención.

Hay que estar pirado y ser bastante corto (de miras y entendederas) para creer que un espejo refleja la realidad. Lo que nos rodea influye en cómo percibimos nuestra imagen y el efecto que nos produce. Por ejemplo, la luz de los probadores favorece el aspecto para convertirnos en compradores. De modo parecido, Facebook sugiere personas para que las invites a formar tu agenda de contactos. Si mandas todas esas “solicitudes de amistad” y te aceptan, puedes creerte superpopular, aunque de la mayoría apenas sepas el nombre.

Las redes digitales son plataformas publicitarias. Para animarnos a tejer “nuestra” red, Facebook prima los “me gusta”. Al recibirlos, iluminan nuestras caras cada vez más parecidas a emoticones sonrientes. Nos alegran el rostro, como cuando nos vemos favorecidos en el espejo. El colmo de la majadería consiste en creer que las pantallas proyectan el entorno social, las comunidades que habitamos.

La redes facilitan formar grupos al margen de la distancia física y las diferencias de sus miembros. Como la finalidad es extraer datos, nos dicen que cuantas más comunidades digitales establezcamos, mejor. Si están muy pobladas y alejadas, mejor. Más tupida y extensa es “tu” red. Sientes que te sostiene y proyecta. Podría ser. Lo innegable es que la aplicación o la plataforma pescan más datos y de perfiles más variados.

Resulta una enorme ventaja que la Red permita cultivar afectos y establecer afinidades más allá del entorno cercano. El problema es no salir de la comunidad digital. Las pantallas devuelven una imagen idealizada que nos hace sentir libres y autónomos. Creamos y abandonamos comunidades digitales a nuestro antojo. O eso creemos, porque los mensajes que compartimos y los lazos que establecimos no se borran.

Ilustración por Raúl Arias.

Los espejismos digitales invitan a desatender la vida presencial. No proponen fortalecerla, sino sustituirla. Facebook no quiere que nos enamoremos. Sabe que, como muestran los estudios, en ese estado de bienestar y pasión pasaremos menos tiempo en la plataforma. Y el valor de la empresa crece a medida que extendemos “nuestras” redes y nos afiliamos a más “comunidades digitales”. Pero las comunidades más importantes —por ejemplo, la familia— no se escogen. Vienen dadas. A la mayoría nos ha tocado un solo modelo, de talla única. No la abandonamos ni la intercambiamos a voluntad. A no ser que paguemos el enorme coste de la orfandad.

Comunidad viene de común y, en última instancia, de comulgar; en un sentido laico, no necesariamente religioso. Hacemos comunidad aportando, compartiendo y celebrando lo que consideramos que tenemos en común. Por eso el espacio comunitario marca tanto las necesidades que sentimos y cómo las satisfacemos. Si un grupo de amigos se reúne en un centro comercial, los deseos y los modos de realizarlos son diferentes a si se juntan en una casa propia o un espacio que gestionan como les da la gana.

Una comunidad social y la red humana que la sostiene no se pueden monetarizar o convertir en dinero. No se miden por el producto o servicio que proporcionan. El valor social, como el personal, no tiene precio. Es inapreciable para el capital, porque se basa en cuidados mutuos y no en intereses materiales. Un equipo deportivo de amigos, a diferencia de otro profesional, vale más que los trofeos que acapara. Esto distingue el deporte amateur —de las gentes que (se) aman— y el mercenario de los galácticos profesionales. Un hogar es algo más que techo y comida. Lo repiten los padres cuando sus hijos son adolescentes. Y ellos lo constatan en cuanto se van de casa.

Si nos descuidamos, las plataformas digitales mercantilizarán todas nuestras relaciones e interacciones. El capital pretende cuantificar todos los aspectos de la vida. Se autodenomina “economía colaborativa“, encabezada por AirBnB, Uber, Deliveroo… En apariencia potencia y amplía nuestra capacidad de cooperar y compartir. Pero, estas plataformas se lucran de aquello que antes hacíamos por altruismo. Su entidad virtual les exime de rendir cuentas en el mundo físico, sorteando leyes laborales y  fiscales.  Nuestra hospitalidad, nuestros viajes o paseos en bicicleta pueden ser rentabilizados y nosotros, explotados por el mercado.

Del mismo modo, las (mal llamadas) redes sociales son espacios de mercado; por tanto, al servicio de los mercaderes. Facebook es la gran superficie comercial del Pueblo-Mundo. Twitter, el bar de los enterados. Linkedin, la agencia de empleo. Youtube, el cine de barrio… En todas esas “comunidades digitales”, aunque no lo parezca, pagamos entrada: nuestros datos. Y con ellos nos convierten en mercancías y canales comerciales. Nos incitan a formar parte de todas.

Telefónica anunciaba su plan de telefonía, Internet y tele digital con el lema “Elígelo todo”. Resulta imposible y poco recomendable. Acatar esa orden implica desconectarse de las verdaderas redes sociales para atender las infinitas pantallas a nuestro alcance. Aboca a la soledad.

La pareja, la familia y las amistades duraderas proporcionan estabilidad. Se basan en compromisos firmes y bastante exclusivos. Mantener esos lazos minimiza las disfunciones de las redes. Frenan el riesgo de convertirnos en narcisistas, incapaces de sentir emociones ajenas. O manipuladores que fingen lo que no son y utilizan a los demás para darse autobombo.

Todas las investigaciones señalan también la importancia del círculo de colegas (de estudio, trabajo, ocio…) y la presencia de alguien con más experiencia y conocimiento. Permiten usar la tecnología para intervenir en la sociedad. La publicidad digital no promociona estos objetivos. Nos presenta como si fuésemos autosuficientes con una pantalla, exacerba un individualismo posesivo y prepotente. Si lo asumimos, nuestra vida es una quimera.

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