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La McTele: escuela de políticos

Tony Schwartz ayudó a Trump a escribir su libro El arte de la negociación, que le presenta como un gran empresario. Dice que ese best seller debió titularse El arte de las negociaciones de mi padre. “La idea de que es un hombre hecho a sí mismo es un chiste”, añade. Trump gestionó de forma desastrosa una herencia paterna que, además, lo salvó de la bancarrota varias veces. Su imagen de ganador proviene de haber comprado los trofeos, construir decorados y rodearse de figurantes a su medida.

El productor que asesoró a Trump para realizar su reality, The Apprentice, califica el programa como “una máquina de fabricar mitos a base de esteroides”. Tony Schwartz afirma que Trump sufre “una necesidad de atención compulsiva” y que “se las ha arreglado para subir de dosis durante cuarenta años”. Y, volviendo al productor de la McTele (mal llamada telerrealidad), señalaba que “hay una línea directa entre el libro, el reality y la campaña de 2016”. Las imágenes y contenidos de los tres formatos se superponen, construyendo una celebridad impostora.

Aunque lo negase en la campaña, Trump se construyó como contenedor simbólico del neoliberalismo radical. La Marcha de las Mujeres, la manifestación feminista que recibió a Donald Trump en su toma de posesión, expresaba un agravio de fondo con el presidente. Para él prestar cuidados sin remuneración ni reconocimiento, es tarea de débiles: mujeres sin vida pública o laboral. Trump se inyectó McTele por la vena porque produce los delirios de grandeza que encajan en su forma de ver el mundo.

Según la ideología trumpiana, los negocios y la política, la vida en su conjunto, consiste en una competición despiadada y sin compromisos. Los aliados de hoy son los enemigos de mañana. Los valores que no ayudan a alcanzar el triunfo individual son prescindibles. Un reality exige jugar duro y no sentir compasión por los que fracasan. Es su culpa y responsabilidad. Deben correr con las consecuencias.

La McTele plantea concursos y culebrones que rezuman darwinismo social. El conflicto es el motor de la evolución y, por tanto, el mecanismo de selección de los más fuertes. Trump aprendió a presentarse como el depredador mejor adaptado en The Apprentice. Satisfacía a las televisiones con un espectáculo en directo cargado de tensión. Y esto provocaba la cobertura de la prensa que le confería el estatus de candidato… aunque le criticase. Eso también lo podía rentabilizar. El rechazo de los medios de referencia (identificados con la elite) reforzaba su imagen de antiestablisment.

“El objetivo de Donald Trump era crear contenido para nuestro enorme sistema mediático”, dice Matt Sienkiewicz, experto en comunicación e industria del espectáculo. “Tenemos medios que están desesperados por rellenar el tiempo. Particularmente, con acontecimientos en directo para que la gente se sienta y vea los anuncios. Trump sabía muy bien que nuestro sistema tiene hambre de esto”.

El reality show propiedad de Trump, que protagonizó durante más de diez temporadas.

Quintaesencia del reality, el magnate imantaba a las audiencias con un estilo y contenidos que ningún director de informativos habría soñado. Evocaba imágenes de violadores y narcotraficantes saltando desde México, de musulmanes festejando los atentados del 11-S… e insultaba a sus rivales.

Trump, según Sienkiewicz, ahorró millones en publicidad y se sacudió el estigma de bufón. “Él siempre tuvo una gran ventaja por el reconocimiento de su nombre; la desventaja era que no se le tomaba en serio. Necesitaba asociar su nombre con una campaña seria y eso lo hace la cobertura mediática, aunque sea negativa”. Su estrategia, por tanto, fue ofrecer shows en directo para las televisiones, que luego la prensa también cubría. Aprovechó las críticas de los periodistas por partida doble. Otorgaban peso, conferían vialbilidad a su candidatura. Y, por otra parte, ahondaban la distancia entre la audiencia de Trump y la prensa “del stablisment”.

El show populista de la campaña de Trump aplicó cinco lecciones que tomó de la McTele.

1. Rodéate de frikis o personajes exóticos, que atraigan la atención.

Trump protagonizó numerosos cameos (apariciones fugaces) en varias películas y teleseries. Llegó a invitar a mediums y brujas a su reality, para ayudarle a elegir futuros empleados. En su precampaña a candidato republicano, se hizo acompañar por la controvertida Sarah Palin, líderesa del Tea Party más extremista. Exhibiéndola, logró que no se hablara de ninguno de sus rivales. Repasando, la estrategia se resume en que, si no tienes suficiente atractivo, te cueles en el show de los demás, haciéndote invitar en sus programas. Pero con el tiempo debes montar tu propio circo. Y contratar las atracciones más abracadabrantes, mostrar las fieras más feroces.

2. Haz alianzas temporales, que luego traicionarás.

Los pactos de conveniencia entre los concursantes y con los productores son básicos en la McTele. La competición es dura. Hay que aliarse con otros aspirantes y con quien lleva las riendas. Pero no hay compromiso. Las alianzas son temporales porque son de conveniencia. Trump se alineó al principio con uno de sus principales contrincantes dentro del partido republicano, Ted Cruz. Llegaron a convocar juntos una marcha ciudadana contra la política nuclear de Obama con Irán. Retransmitido el cameo con Cruz, Trump le atacó despiadadamente para arrebatarle la candidatura republicana.

3. Juega duro: apuñala por la espalda, ataca al eslabón más débil, para trepar más alto.

Donald Trump también unió fuerzas en la precampaña con Ben Carson, un neurocirujano retirado con el que competía para enfrentarse a Clinton. Carson transmitía una imagen fresca y no corrompida por Washington. Pero recibió la misma medicina que Ted Cruz. Cuando empezó a superarle en las encuestas, Trump le acusó de ser un “mentiroso patológico” y lo comparó con un abusador infantil. Tony Schwartz comenta: “A Trump le gusta la gente mientras le sea útil y la abandona cuando deja de serlo. No es nada personal. Es un hombre de negocios, todo se reduce a lo que puedes hacer por él”. Y añade: “Él solo adopta dos posturas. O eres un perdedor, una escoria, un mentiroso, lo que sea… o el más grande”.

4. Sé un caradura: enseña tu cara sin complejos.

La McTele nos alentaba: entra directo a cámara y de ahí, a los cuartos de estar de todo el país. Así se comportó Trump. Lo enfocaban y no podía resistirse. Solo presta atención al objetivo y se muestra incontinente. Ejecuta su papel a la perfección y simula que improvisa. De todos modos, no importa lo que afirma, porque en la siguiente (o en la misma) comparecencia puede sostener lo contrario. Por ejemplo, en un discurso anunció que Daesh “tiene los días contados”. Es decir, prometió acabar con el terrorismo yihadista en Irak y Siria. Para acto seguido declarar: “EE.UU. no intervendrá en el extranjero”.

Como los auténticos caraduras, T. Schwartz señala que “la mentira es su segunda naturaleza. Trump tiene la habilidad de convencerse a sí mismo de que cualquier cosa que dice en un momento dado es verdad, una especie de verdad, o que al menos debería serlo […]. Mentía estratégicamente, con completa inconsciencia”. Es, por tanto, un actor que se cree el papel mientras lo interpreta y (como es el dueño del espectáculo y de la obra) lo cambia según quiere. Sin embargo, escenifica el libreto populista por antonomasia: el Pueblo debe sacarse de encima la élite corrupta. En la que él, por supuesto, no se incluye.

5. Conflicto, conflicto, conflicto.

“Más drama” es la ley de la McTele. El aspirante que garantice tensión se mantendrá en el programa. Trump destrozó a otros 16 candidatos a la nominación republicana. Luego, abrió fuego contra Hillary Clinton con armamento pesado: le atribuyó mala salud física, debida al alcoholismo. Se refería a ella como “Hillary la deshonesta”. Hasta la acusó de mercadear con sexo infantil, a medias con su marido ex presidente. Este último caso, conocido como el #pizzagate, fue Trending Topic de Twitter. La casta política, además de corrupta, era depravada.

El episodio final del culebrón de la pizzería de pederastas lo protagonizó un tipo armado (de verdad) que asaltó el local en Washington D.C. Por suerte, aquel energúmeno no disparó el fusil de asalto que portaba. La historia era un completo infundio; por cierto, difundido ampliamente desde Rusia. Pero le permitió a Trump encender las pantallas y las redes con teorías conspirativas. “Es un parásito sediento de atención, y esas criaturas solo prosperan cuando se les consiente y se les hace caso,” apunta Schwartz.

Esta criatura parásita se puede identificar como un trol. Trump es la figura que, gracias a la McTele, se convirtió en celebrity, y que, con la ayuda de las redes, troleó la democracia. El troleo es la actitud mediante la que se pretende provocar a la persona con la que se está hablando para frustarla y poder humillarla. El trol utiliza el discurso políticamente incorrecto, amparado en la libertad de expresión, para ignorar cualquier argumento racional y atacar tergiversando la discusión. Hablar con un trol es inútil, en el momento en el que le respondes ya ha ganado. Es un agujero negro que engulle la atención al que únicamente se puede combatir señalándolo e ignorándolo.

Ilustración de Pawel Kuzcynski.

Conviene no olvidar un dicho: nunca pelees con un cerdo. Los dos acabaréis llenos de mierda, pero al cerdo le gusta. Siempre que nos sea posible, debiéramos retirarle la atención a esta clase de individuos. No pueden vivir sin ella. Un blackout, un fundido en negro que le privase de audiencias y auditorios, sería su nal. Vale que resulta insensato ignorar lo que dice el presidente de EE.UU., pero no deberíamos viralizar sus tuits para reírle o condenar sus gracias. Le damos importancia y extendemos su mensaje. Nos convertimos en “propagandistas de lo que nos mata”, como escribe la novelista Marta Sanz.

La elección y la toma de posesión de Trump tomaron por asalto varios grupos de WhatsApp y Telegram a los que estoy suscrito. Me abrumaron con memes-memeces y me disgustaron tanto que aprovecho para mandar el siguiente mensaje. Prestemos atención a nuestras emociones. No vaya a ser que disfrutemos de payasadas que nos harán llorar. O que estemos enganchados a la ira que nos provoca un trol: una forma de subordinarnos y depender de él que le hace feliz. ¿No resulta un poco triste y cutre divertirnos o motivarnos con un tipejo así? No demos nuestra energía al Gran Hermano. No nos comportemos como una piara. No nos dejemos pastorear por un cerdo.

Si le hubieran dejado, el periodista que hizo de negro (escritor en la sombra) de Trump, habría titulado El arte de la negociación como El sociópata. T. Schwartz asumió su culpa de haber sido el escribiente de un mangante, que nació magnate y acabó haciéndose presidente. Cuando esto ocurrió, Schwartz renunció a cobrar los derechos que le correspondían del libro. Y comenzó a entregar el dinero a organizaciones que defienden a los migrantes y refugiados, los derechos humanos o la libertad religiosa y que luchan contra la tortura. Ayuda a los sectores amenazados por Trump. Debiéramos imitarle. Al menos, viralizar los mensajes de este tipo de organizaciones. Apoyarlas, en vez de hacer eco a los gruñidos del puerco. Recordemos que en Rebelión en la Granja, la novela que Orwell escribió antes de 1984, los cerdos son los tiranos.

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