Dietética Digital Libre

Quimeras y mito digital

La industria tecnológica ha logrado implantar cuatro quimeras. Sueños o ilusiones imposibles que se toman por ciertas. Las evidencias científicas las desmienten. Se apoyan en tesis que parecen evidentes porque las repite todo el mundo hasta el hartazgo. Pero resultan superficiales y banales. Están huecas: no tienen contenido. Expresan un pensamiento mítico.

1. Creemos que los nativos digitales usan las herramientas digitales mejor que sus progenitores y la gente mayor. Esa superioridad se debería a que han adquirido capacidades y competencias con el uso intensivo que hacen de los nuevos chismes. Pareciera que estos tuvieran virtudes intrínsecas y que se traspasan a los usuarios. A más uso, más capacidad de trabajo en paralelo, colaborativo, creativo… Es decir, la pescadilla se muerde la cola. Algo que nunca se comprobó como cierto. Ni en los peces ni en los jóvenes que han sido estudiados.

Si los menores interactúan bien con los aparatos y entornos digitales es porque están pensados para que los usen niños pequeños. Su diseño responde al perfil de alguien que se cree capaz de cualquier cosa a golpe de ratón o pulsando el móvil. Sin cuestionarse ni reparar en nada. Ni en nadie más. En definitiva, un usuario infantiloide, ególatra y prepotente. Con las pantallas táctiles, tocando iconos, mandando emoticones y gifts (animaciones) quizás ya no necesite leer ni escribir. A ver si ahora resulta que, usando la tecnología, perdemos facultades en vez de adquirirlas.

Ilustración por Raúl Arias.

2. Proclaman que vivimos en una aldea global. Lo repiten sin cesar desde que hay televisión, pero la matraca se intensificó con Internet. Sin embargo, las webs que visitamos y las aplicaciones que descargamos no son las mismas para todos. Los idiomas que sabemos y el dinero para comprar versiones Premium (de pago y más potentes) marcan enormes diferencias sociales, culturales y geográficas.

Quienes trafican con activos financieros y divisas sí que habitan una aldea. Pero es bastante exclusiva. Forman una élite global, con impacto a esa misma escala. Se expresan en inglés y dólares. Pueden tumbar la economía de un país especulando con la moneda o la deuda externa. Juegan a la ruleta rusa con la población mundial, apostando en los mercados de valores de alimentos y energía. Y lo hacen en redes particulares con un nivel de privacidad muy superior al nuestro.

Han surgido nuevas brechas de alfabetización y acceso a la Red. Y la mayoría usamos la tecnología más accesible. Lo hacemos al dictado de la publicidad, de un modo que tiende a aumentar las diferencias. Al manifestar gustos y aficiones en las redes, nuestro mundo digital se/nos empequeñece sin darnos cuenta. La variedad de gentes que conocemos se reduce progresivamente. Las redes favorecen el ombliguismo, en lugar de la apertura. El aldeanismo digital resulta cosmopaleto.

La industria digital no pretende educarnos, ensanchando o cuestionando nuestros gustos. Tiende a dar más de lo mismo y consolida rutinas, siempre buscando el beneficio propio. En 2011 Google consideraba casi 60 factores de un usuario para proporcionarle resultados personalizados. El año pasado Alphabet -la empresa matriz de Google- recibió una multa de la Comisión Europea por 2.424 millones de euros debido a prácticas monopolísticas. Ofrece distintos contenidos a internautas que buscan lo mismo y a distintos precios, limitando nuestra libertad de elección y violando nuestros derechos como consumidores. Las redes sugieren contactos de rasgos parecidos. Y que, por tanto, formemos comunidades muy homogéneas, iguales hacia dentro pero diferentes entre sí, creando cámaras de eco y filtros burbuja.

3. Nos arengan a usar la Red afirmando que podemos ser quien queramos y decidamos. Obtienen nuestros datos, con o sin nuestro consentimiento. Pero (aun así) dicen que somos anónimos si usamos otro nombre, un seudónimo o un avatar. Es un falso incentivo para recabar más información, al que suman el de que tenemos completa libertad para establecer lazos.

Puedes y debes cambiar de identidad y de comunidad siempre que lo desees. Pero entonces, eres cualquiera y sirves para todo. Nada ni nadie te compromete con continuidad en un proyecto de futuro. Aún más, no debes definir ese proyecto, porque equivale a cerrarlo. Has de abrirte puertas. No cerrarte oportunidades. Entonces, ¿al final quiénes somos? Sin límites, ¿dónde empezamos y acabamos? El mensaje implícito (pero imperativo) es que hay que mostrarse moldeable y flexible, como el empleado modélico.

4. Nos inflamamos de autosuficiencia porque creemos que solo necesitamos las pantallas. Nos define lo que decimos, mostramos y hacemos en las redes. Los productos y las marcas, los grupos de fans y consumidores, las “comunidades” que formamos y abandonamos. Por el hecho de hacerlo, creemos que ganamos libertad. Porque todo es reversible. Nada resulta incompatible o exclusivo.

La consecuencia última es que, según el mito digital, no somos imprescindibles porque debemos resultar intercambiables. El trabajador ideal, además de moldeable, debe ser reemplazable sin excesivo coste. Lo resume cualquier patrón en la última frase de una disputa laboral. “Si no quieres el puesto, hay miles como tú esperando a ocuparlo”. Lo peor es que ahora ya no lo dice el empresario, sino también el “amor” que conociste en la aplicación de ligoteo… donde ya buscáis otra “pareja”.

De ahí las luchas en  Amazon -el gigante de la distribución de bienes y servicios- y de los riders de Deliveroo: ciclistas a pago de una de las plataformas de la mal llamada economía colaborativa. En la industria digital cunden las huelgas y juicios para reclamar los derechos laborales básicos, ahora perdidos.

Las quimeras digitales funcionan igual que en la Antigüedad: avalan un pensamiento mítico sin fundamento. El dibujo de un león, mezclado con una cabra, una serpiente y un dragón se confundía con un bicho vivo. Los más crédulos afirmaban oírlo rugir y balar. Lo veían arrastrarse y echar fuego. En la mitología clásica las quimeras inspiraban miedo, ahora falsas esperanzas. El mito digital se resume en que el éxito pertenece a individuos omnipotentes, sin ataduras ni fronteras, maleables y recambiables. En el curro y en la cama, perdón Tinder.

Hemos olvidado que la imagen de una pantalla (como el grabado de la quimera) es un artificio: algo artificial, hecho por seres humanos con máquinas. Y no reparamos que también es un artefacto: un instrumento con una función determinada. Una imagen sirve los propósitos de quien controla la tecnología que la produce, cómo se distribuye e interpreta. Al atribuirnos a nosotros todas esas funciones, el mito digital nos engaña. Celebra que la comunicación digital comporta el fin de las mediaciones, como si Internet funcionase en el aire y no a través de cables, ondas, aparatos y programas que alguien posee y fabrica; para sus fines, claro.

Las quimeras digitales se alimentan de dos engaños. Primero, la imagen se presenta como si fuese instantánea, en directo. Creemos que hacemos un selfie y lo difundimos en tiempo real. Está pasando, lo grabo y otros lo están viendo.

Falso, todo es en diferido. Aunque no lo parezca. Y eso permite que otros actores intervengan (en) nuestras comunicaciones. Participan en ellas y se entrometen sin que lo percibamos. Además, tampoco hay imágenes inmediatas, en el sentido de que no haya mediadores. Pensamos que nadie más que nosotros interviene cuando nos viralizamos con el móvil. Quimeras, falsas creencias que no tienen ni media vuelta. Nos dedicaremos a dársela en los próximos capítulos.

Este texto traduce a román paladino el magnífico artículo de César Rendueles “La ciudadanía digital. Ágora aumentada o individualismo postmaterialista”. Revista Latinoamericana de Tecnología Educativa. Vol 15 (2) (2016).

4 comentarios en “Quimeras y mito digital

  1. Excelente artículo. Nada más necesario que desmontar las quimeras que nos trajinan y que hacemos nuestras con tanta facilidad

  2. El problema de los mitos digitales es que, aunque seamos (o nos hagan artículos como este) conscientes de ellos, tendemos a no darles importancia. Es tanta la comodidad que nos proporcionan las herramientas digitales que enseguida dejamos a un lado estas preocupaciones y nos lanzamos a dar “me gusta” y a compartir nuestra información con nuestros contactos. Yo diría que estamos deseosos de creer todo lo que nos cuentan sin cuestionarlo.

    1. Esa es una reflexión clave Juan Carlos. Siempre ha habido, y la sigue habiendo, una tensión entre libertad y comodidad. Ocurre también en el entorno digital. Cuanto más libres queramos ser mayor será la necesidad de estar activos y ser críticos con todo lo que nos pongan por delante. La tecnología se ha convertido en algo así como la nueva religión. Los discursos tecnoutópicos de Silicon Valley pretenden evangelizarnos y que tratemos a las tecnologías digitales como objetos sagrados. Por eso, es tan importante una actitud curiosa que nos lleve a preguntarnos por qué las cosas son como son.

      Gracias por leernos, un saludo.

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