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Un mensaje del futuro… tecnológico

Artículo publicado en COMeIN, Revista de los Estudios de Ciencias de la Información y de la Comunicación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) por Dani Aranda, profesor de Comunicación. Se puede leer también en este enlace.


Año 2045

En un aula abarrotada de jóvenes, Víctor Sampedro, profesor emérito de lo que le venía en gana, sabe que es necesario explicar cómo llegaron hasta allí. Lo que habían conseguido era resultado de una lucha y una actitud que tenía que perdurar. Revelar el pasado era el primer paso para seguir construyendo.

 

Deambulando por la sala y mirando directamente a los ojos de su estrenada audiencia, les recordó:

«Cada vez que nos conectábamos, aumentaban los beneficios de unas pocas empresas o el valor electoral de un par de candidatos. Los productos se distinguían por la marca y los políticos por el nombre. Pero no sabíamos lo que comprábamos y ni a quien votábamos. Nos tangaban en el mercado y en las urnas. Como ocurrió siempre, pero alardeando de que escogíamos lo que queríamos. Y, encima, asumiendo que eso era todo lo que nos merecíamos.

No fue una decisión consciente. Nos fuimos porque nos aburríamos. Encender la tele se convirtió en un muermo. Por saturación, abandonamos Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, WhatsApp… y lo que vino después. Nos hartamos de quemar horas y dioptrías frente a la pantalla.

Entendimos que, al final, siempre veíamos lo mismo. En la tele, una pantomima de la vida. Más cruel que la vida misma, para que nos acostumbráramos a lo peor.

Conseguimos ilegalizar la obsolescencia programada. Ya no venden aparatos que apenas duran un par de años. Sigue habiendo guerra, hambre e injusticia para extraer recursos y producir tecnología. Pero los tiempos de paz y bienestar duran más. Y consumimos menos. Intercambiamos y reciclamos piezas. Los equipos y los programas hace tiempo que son libres. Y cerramos las puertas traseras a los intrusos que venían a fisgar.

Protegemos la vida privada y las relaciones más íntimas. Sabemos lo que valen, por el valor que nos dan. Nos conectamos y estamos con quien queremos. Ya no transportamos anuncios y propaganda al aula, al patio, a casa, a la habitación… a la cama. Decidimos qué compartimos. Y lo más importante: para hacer qué.

Los CEO de las corporaciones tecnológicas tuvieron que aceptar que habían agotado el filón del Big Data. Se quedaron sin mineros. Porque aprendimos a crear bienestar, no solo riqueza para unos cuantos. Ahora controlamos al jefe, repartimos los beneficios y decidimos dónde invertirlos. Colaboramos con empresas y grupos afines, montamos cooperativas y redes de autoapoyo. Muchas se basan en intercambios mutuos. Al fin somos patronas y dueñas del fruto de nuestro trabajo. Y también de nuestro ocio.

Transformamos nuestro deseo de saber en gestión colectiva de los datos que las corporaciones habían acumulado durante décadas. Cuando se hundieron, colectivizamos los bancos de datos. Los entregamos a las universidades públicas y a investigadores independientes, ligados a proyectos comunitarios.

Los jueces y abogados dejaron de defender a los amos de los algoritmos y los datos. Ya no se ocupan de las patentes de los aparatos y programas que nos encadenaban. Ahora les pagamos para garantizar el derecho a informarnos, expresarnos y compartir contenidos con libertad. Internet la gestionan los estados con leyes más avanzadas en garantizar la neutralidad y el anonimato. Deciden por consenso, sin atender las imposiciones de los mercaderes y los espías.

Apenas se ven ya apocalípticos con fobia a la tecnología. Ni tecnofrikis que la veneran. A nadie le importa aquello que llamaban “el último modelo de iPhone”. Porque las marcas y la tecnología son nuestras. Y, como nosotras, no tienen propietario.»

Este futuro o uno muy parecido es posible. El primer paso solo consiste en leer los siete capítulos que en forma de menú digital nos propone Víctor Sampedro en su último libro, Dietética digital. Se trata de un libro escrito para adolescentes y jóvenes pero apto para todos los públicos interesados en saber cómo funcionan las cloacas de nuestra sociedad digital.

Pero no se equivoquen, Sampedro no es ni un apocalíptico ni un tecnófobo. Sampedro solo nos incita a soñar con una tecnología mejor que la que tenemos: una tecnología que nos sirva sin ser servidores de ella.

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