Dietética Digital Libre

Falsos medios sociales, nacidos para mentir

Las páginas que originan las noticias falsas están diseñadas para triunfar en las redes, aprovechando el flujo que crean. No tienen grandes audiencias, pero los algoritmos las acumulan y convierten en decenas de millones de personas. Llevan ventaja sobre otros medios de información política, ya sean la prensa y televisión o las webs con una orientación ideológica determinada.

Los portales de noticias inventadas están pensados para sobrevivir y triunfar en el ecosistema Facebook. Nacieron en él, responden a la programación de la plataforma. Se aprovechan de que al principio la compañía favorece a los medios que más crecen, hasta que pueden cobrarle por sus servicios. Pero entonces, abren una nueva web de falsedades.

Las páginas donde se gestan los infundios digitales no están limitadas por ningún principio editorial o prácticas profesionales que hayan de respetar. No tienen fuentes exclusivas ni públicos fieles que deban conservar y cuidar. Las gestionan usuarios avanzados, que han llegado a ser profesionales en el funcionamiento de Facebook. No son los directores de un medio que se debe a un público afín. Ni periodistas con seguidores, que leen y comparten las noticias. Funcionan al revés. Sacan un producto que genera audiencia. Una estrategia que recuerda a la de la McTele y los realities.

El objetivo de las noticias falsas es que los usuarios y las plataformas las viralicen. Lo demás resulta secundario. Dan por sentado que Facebook no es un aliado, sino un contexto de trabajo. Lo consideran un mercado con unas reglas y unos incentivos, que son propios y vienen impuestos. La plataforma organiza el flujo de noticias según las conexiones e intercambios personales que identifica. Y que también promueve. Traduce los incentivos en botones y emoticones. Están inscritos en la programación de los algoritmos.

¿El número de creyentes de una secta convierte en verdad su credo? ¿Millones de moscones (un trol lo es en estado puro) que comparten heces pueden dictar nuestra dieta informativa? La respuesta es sí; cuando los algoritmos favorecen la difusión de contenidos acordes con nuestros prejuicios y sesgos psicológicos más sectarios.

Tendemos a criticar con dureza los fallos del grupo rival y a justificar los errores del nuestro. Resulta incómodo y difícil cuestionar nuestro esquema de valores. En nuestra tribu consentimos ciertas mentiras e incluso nos dejamos contagiar por ellas. Pero la deshonestidad se convierte en algo deplorable en el grupo rival, con el que no queremos que se nos relacione.

En la campaña electoral de Trump importaba poco que los demócratas se indignasen por sus mentiras, jamás le votarían. La clave era que los votantes republicanos estaban dispuestos a tolerarlas a cambio de un objetivo más im- portante: llegar a la Casa Blanca. Cuanta más polarización exista, más fuerza cobran esos sesgos. Y más los favorecen unos algoritmos “inteligentes”, que los reconocen y aplican con intensidad creciente. Por eso Trump no dejó de tensar la campaña.

Las burbujas de contenido en las que nos encierran las plataformas digitales. Eli Pariser.

Otras inclinaciones psicológicas permiten entender el fracaso de los medios que desmentían a Trump. Aportar más información puede resultar contraproducente. Corregir a alguien, con información y argumentos para sacarle de su error, puede que solo consiga reforzarlo en sus posiciones. La mentira y la falsedad nunca van a menos, una vez han sido lanzadas y aceptadas. Nuestro cerebro se acomoda a ellas: cuestión de la amígdala (no confundir con las de la garganta).

Los neurólogos señalan que la amígdala, una parte del cerebro relacionada con las emociones, se muestra muy sensible ante el comportamiento deshonesto. Se activa y produce una sensación negativa. Pero, si la conducta se repite, la reacción disminuye en intensidad. “La repetición del engaño hace que el cerebro pierda sensibilidad ante la mentira y se produzca una escalada de falsedades. La repetición de esta conducta anima a engañar más aún en el futuro […]. La sensación negativa que limita el grado en que estamos dispuestos a mentir […] desvanece a medida que continuamos mintiendo, y cuanto más se reduce esta actividad, más grande será la mentira que consideremos aceptable.” La neurología no dice nada nuevo, que no forme parte de la experiencia cotidiana. Al mentiroso patológico le conocimos soltando mentirijillas. Negamos los penalties que comete nuestro equipo.

La polarización que las redes imprimen en la opinión pública tiene efectos devastadores en el conocimiento colectivo. Añadamos que creemos que resulta más sencillo engañar a los demás que a nosotros. Por eso, según las encuestas, buena parte de los estadounidenses pensó que las noticias falsas habían confundido a los votantes en las elecciones de 2016. Pero la mayoría aseguraba que las había sabido reconocer. Como los estadounidenses (los españoles no van a la zaga en esto), todos sostenemos que la ignorancia afecta a quienes piensan diferente. Y, en consecuencia, crece la brecha que nos separa. No solo opinan distinto: son un hatajo de ignorantes manipulados.

Ante este panorama, apenas cabe una estrategia, avalada por la psicología social. Necesitamos alfabetizarnos sobre cómo funcionan las redes y se construye una noticia veraz. Si fuésemos conscientes del efecto acumulativo que pueden tener las mentiras que compartimos en una red, quizás lo pensaríamos mejor antes de reenviarlas. No podemos permitirnos reaccionar de modo visceral o trivial ante el embuste. Diseminamos basura y malgastamos energía. Invisibilizamos otros mensajes y nos quedamos sin iniciativa. Vamos a remolque.

O aprendemos a evaluar una noticia, según sus fuentes de información y el origen de los datos, o estamos perdidos. Nos confundimos y alimentamos la confusión. Necesitamos, en definitiva, comprender y gestionar bien las herramientas y los contenidos que compartimos. Máxime, si se nos dice que expresan lo que pensamos y que son nuestros medios, los medios sociales.

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