Recetario

Plato 1 – Del Big Mac al Big Data

Empezamos por un recurso audiovisual habitual en los colegios e institutos, pero le damos un uso diferente. Super Size Me es un documental producido, dirigido y protagonizado por Morgan Spurlock. Parte de una denuncia contra McDonalds que alegaba los efectos nocivos de su comida en dos adolescentes, desestima por un juez. Enfermaron de obesidad mórbida y terminaron recluidos en casa. La sentencia reconoció, como argumentaba la multinacional, que no se había demostrado un daño directo y exclusivo de la McDieta en la salud de sus clientes. Sin embargo, añadía que la demanda prosperaría si alguien demostrase que McDonalds pretende que comamos en sus establecimientos todos los días, en todas las franjas horarias, y que hacerlo acarrea un peligro cierto. Por supuesto, ese es el objetivo de la mayor corporación de comida basura del mundo. Abre “restaurantes” por doquier, con todo tipo de variantes y 24/7 si es posible.

Super Size Me demuestra que si desayunásemos, comiésemos y cenásemos en McDonalds, nos acabarían llevando a una UCI y a sus directivos a la cárcel… Pues va a ser que no. El experimento de Spurlock consistía exactamente en hacer las tres comidas del día en McDonalds durante un mes. Le chequearon antes de comenzar, le supervisaron varios médicos, una dietista y un preparador físico para certificar los efectos de la McDieta. El documentalista tragaldabas también abordó cuestiones como el lobby político de la comida rápida, la publicidad infantil y la presencia en los comedores escolares. Revela así la conexión entre empresarios sin escrúpulos y cargos públicos irresponsables. Y señala su papel en inculcar adicciones tempranas a una juventud a la que luego acusarán de atiborrarse de basura. Pues bien, aplicamos todo lo anterior a la industria digital, demostrando los paralelismos entre la alimentación y la tecnología que constituyen la metáfora en la que se basa nuestra Dietética Digital.

Una tapa

Al igual que McDonalds y demás cadenas de comida basura, las plataformas digitales se hacen de oro manipulando nuestro cerebro, saturando nuestra atención y machacando la capacidad crítica. Disponemos de más vías de comunicación que las que podemos manejar. Pero no sirven para informarnos de algo tan vital como las consecuencias de lo que estamos llevándonos a la boca. ¿Serán parte del problema? No digerimos todo lo que nos entra por los ojos, engullidos por una alud de estímulos audiovisuales. Resulta casi imposible encontrar sentido al ruido que nos envuelve. Generamos una contaminación mediática y digital que impide percibir las señales más importantes, distinguirlas de lo trivial, de lo dictado por nuestro afán de autobombo y el lucro empresarial.

La analogía entre la industria alimentaria y la tecnológica revela coincidencias con la tabacalera. Se promocionan y publicitan con mentiras. Basan su negocio en propagar hábitos que acarrean dependencia e, incluso, discapacidad. La obesidad física y digital limitan nuestras energías en lugar de liberarlas y potenciarlas. Nos estancan, en vez de movilizarnos. Son resultado, claro está, de decisiones personales. Pero están incentivadas por un mismo modelo de negocio: intrínsecamente sucio, insalubre y contaminante. Por eso recurren a la mentira (no reconocen los efectos nocivos) y al fraude (los minimizan o presentan como beneficiosos).

A nivel individual, la industria tecnológica menoscaba nuestra salud personal, hasta el punto de que pueden convertirnos en personas inviables. A nivel social, nos aísla y reagrupa según criterios de mercado. Y a nivel político, menoscaba la democracia, porque privatiza la opinión pública y contamina la esfera pública. Las plataformas achican los espacios de debate: o nos movilizan para consumir, o nos polarizan y enfrentan ideológicamente. El negocio consiste en recluirnos en burbujas de consumo, dividirnos y etiquetarnos para vender nuestra atención a quien tiene suficientes recursos para manipularnos.

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