Dietética Digital Libre

Democracia a distancia y amurallada

La teledemocracia y la democracia digital aumentaron la distancia entre la ciudadanía y sus representantes. También entre los votantes. Y entre el debate político y la realidad. Las pantallas levantan muros que blindan a los gobernantes. No son quienes proclaman. Ni muestran lo que hacen. La democracia corre el riesgo de convertirse en un coto cerrado de votos y un campo de tiro contra el oponente. La política se transforma en un deporte de caza que degenera en guerra electoral.

Donald Trump afirmó la posibilidad de un pucherazo en las urnas contra su candidatura. Lanzó acusaciones de amaño electoral antes, durante y después de la campaña. Aseguró la posibilidad de que un fraude en el recuento le arrebatase el triunfo. Y, ya desde la Casa Blanca, sostuvo algo inaudito: haber recibido más votos que los contabilizados oficialmente. Tal vez imputaba a otros su modo usual de proceder en los negocios, incluido el reality que producía, The Apprentice.

Los programas de la McTele pertenecen al modelo “de llave en mano”: todo viene impuesto y decidido de antemano. Los productores, que controlan el proceso, se reservan la decisión final. Ha habido casos en los que “se votaban” capítulos ya grabados. Malamente podía la audiencia influir en ellos. Cuando TVE emitió Operación Triunfo ni siquiera pagó a un notario para que levantase acta y diese fe de las votaciones. Según el contrato, los productores podían vetar a los concursantes. Para añadir “rigor y excelencia” se montó un jurado con directivos de la discográfica, TVE y PRISA. Era la trama que se repartía las ganancias. Cuanto más negocio genera, menos pesa la opinión del público.

La democracia del mando a distancia es un embuste. No existe democracia si se vota pagando, tantas veces como el bolsillo lo permita y cuando el sufragio sale carísimo. El coste de los SMS para “salvar” o “expulsar” aspirantes es un despropósito. Solo equiparable a los que reciben los adivinos y pitonisas de la tele. No se admiten opiniones “gratuitas”. Y, sin embargo, lo son porque carecen de fundamento y apenas influyen en el resultado final.

Quien controla la tecnología puede producir votos irreales y recabar así respaldos inexistentes. A Bisbal se le acusó haber ganado Operación Triunfo gracias al servicio automatizado de llamadas que, según dicen, montó en un locutorio de su pueblo. Una concursante de Supervivientes llegó a publicar el número de teléfono de un prostíbulo como si fuese el de su candidatura. Pero quien determina la validez de los votos es el que los cobra, el dueño de la McTele.

Por Raúl Arias.

Donald Trump y otros políticos, que montaron sus realites, acaparan todos los papeles de la McTele. Son los productores, los maestros de ceremonia y los jueces del concurso. Son la empresa publicitaria y la marca que se publicita. El magnate estadounidense promocionaba en The Apprentice una colonia, un agua mineral y una línea de moda masculina. Productos a los que la etiqueta pone precio: se trata de vender esencias, agua y glamour. La etiqueta, con valor en sí misma, era el nombre de Trump. El apellido familiar se hizo marca y luego se convirtió en candidatura presidencial.

El espectáculo digital fabrica vencedores, que se alzan con el triunfo falsificando las votaciones. También fabrica seguidores ficticios en las redes. Los análisis de la presencia digital de Trump identifican un ejército de robots que viralizaban sus mensajes. Noticias falsas que atacaban a sus adversarios eran lanzadas desde páginas web creadas para ser compartidas por usuarios zombies. Las viralizaban dándoles credibilidad por un precio ínfimo y desde cuentas ficticias.

La notoriedad digital se fabrica con las falsedades de la McTele y se expande mecánicamente en las redes. Más, todavía, si se alimentan los algoritmos con dinero. Sin embargo, se presenta como un “fenómeno social”. Las celebrities se hacen pasar por originales y genuinas. Y se enaltecen como portavoces populares. El populismo conservador es el hijo deforme del triángulo bizarro que forman el capital, la teledemocracia y la democracia digital.

La maquinaria de la fama se engrasa con complicidades empresariales y una falta de ética vergonzosas. Tras el estreno de Operación Triunfo, El País Semanal le dedicó la portada. Recordemos que Los 40 Principales (también propiedad de PRISA) habían convertido los CD en top ventas. El suplemento dominical de El País no ofrecía un reportaje, sino publicidad engañosa. Una noticia falsa en toda regla, equiparable a las fake news de Trump.

El diario de referencia y de mayor prestigio en España falseó los índices de audiencia, atribuyéndole al reality una cuota de audiencia histórica. Afirmaba que la gala final de OT era el programa más visto de la televisión española, cuando había sido superado en siete puntos por el primer debate electoral entre candidatos presidenciales. El País festejaba el negocio musical más boyante de su empresa matriz PRISA: “La televisión es democracia en tiempo real: el pueblo vota con el mando a distancia”.

La equiparación del zapping o el clicking con las urnas resulta ridícula e inquietante. Ridícula por su simplismo. E inquietante por sus consecuencias. Resulta desproporcionado igualar programas de televisión, informáticos y electorales. Ver un espacio televisivo, visitar una web, descargarse un contenido o hacer click son manifestaciones de una decisión individual y pasajera. Expresan un gusto personal, una apetencia provisional o transitoria.

Votar implica tomar postura, posicionarse colectivamente. Exige ser consciente del lugar que ocupamos en la sociedad. Y lo reconocemos teniendo en cuenta a los demás. Situándonos respecto a ellos y a su lado. Además, esa posición no la podemos cambiar a discreción, como el canal que sintonizamos. No dejamos de tener padres o hijos a nuestro antojo. Y no debiéramos votar sin pensar en sus pensiones o escuelas.

En principio, encender la tele o conectarse a la Red no afecta a los otros ni compromete a nada. Ni siquiera obliga a prestar atención. A menudo las pantallas sirven de “compañía”, sin atenderlas demasiado. Hacerlo tampoco significa siquiera que nos diviertan. Es muy frecuente oír quejarse de la tele que vemos, que ignoremos la mayoría de los contenidos que se comparten en las redes, o que reenviemos mensajes digitales para criticarlos.

Por Pawel Kuczinsky.

Introducir una papeleta en una urna conlleva un compromiso firme: duro y duradero. Votando nos comprometemos a obedecer las leyes y a pagar los impuestos del gobierno que salga de las urnas. El período suele abarcar cuatro años. Durante los cuales, debemos al menos tolerar su existencia y decisiones. Pagar el salario a políticos que no hemos votado y que incluso nos perjudican. Respetar a sus seguidores.

La Educación para la Ciudadanía está vetada en las escuelas españolas. Y las pantallas organizan concursos de mala educación. Espectacularizan la falta de civismo y convierten al más incívico en un modelo de éxito. Por eso inquieta tanto que se igualen el mando a distancia y el teclado con la cabina de voto. Esta confusión le permitió a Trump cuestionar el recuento electoral desde su cuenta de Twitter. Criminalizar a sectores amplios de la población. Acosar a sus opositores. Negarle a la prensa la legitimidad para poner en duda o desmentir sus declaraciones. O, peor aún, desautorizar los tribunales que frenaron algunas de sus medidas más polémicas.

La McTele está a los mandos de la democracia a distancia. Y los algoritmos programan la pantalla de control. El negocio de las audiencias dicta la popularidad de los programas y de los liderazgos sociales. No tenemos teclas en el mando para solicitar contenidos que no sean rentables a las productoras y cadenas de televisión. No accedemos al código para controlar y ampliar las funciones de las aplicaciones informáticas. No podemos reprogramarlas. Fueron diseñadas para captar usuarios, explotar la creatividad y la inteligencia colectivas.

Desde un punto de vista democrático, la McTele y las redes han secuestrado el debate público. Prometían abrirlo a nuestra participación, pero lo encierran en canales de televisión y redes lucrativas. La opinión pública ha sido privatizada. Sus expresiones, acaparadas por populismos autoritarios. Se arrogan la voz del pueblo para suplantarlo y amurallarse. Esos muros esconden sus negocios. Los blindan. Fracturan el cuerpo social. E impiden acceder a la realidad.

Una espesa capa de imágenes enturbia nuestra percepción y las redes digitales enmarañan la búsqueda de certezas. Los debates giran en torno a una pseudorealidad, formada por eventos prefabricados y noticias falsas. Las imágenes remiten a sí mismas, como en en bucle, sin posibilidad de afirmar su veracidad. Y los conflictos se plantean entre pseudoidentidades, que fracturan el cuerpo social. Pseudo en griego significa mentira.

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