Dietética Digital Libre

El falso directo

La McTele (mal llamada telerrealidad) es una patraña de principio a fin. Empezando por el inicio, no existen las retransmisiones televisivas en directo. Apenas vemos emisiones en vivo. Casi todas son en diferido. Siempre hay unos segundos de demora entre lo que se graba y lo que se emite. Por motivos técnicos y de control. Se quiere impedir que el espectáculo se vaya al garete si algo falla. Y que surjan espontáneos o actores que se salten del guion con mensajes imprevistos y, a lo mejor, críticos.

Tampoco existen imágenes inmediatas, en el sentido de que no tengan mediadores. La McTele asegura que no hay nadie en medio, entre la cámara que graba y la imagen que vemos. Solo percibimos aire entre la foto que sacamos con el móvil y la que colgamos de Instagram. Lo cierto es que algunas mediaciones resultan inevitables. La obligatoria es la selección, porque no podemos grabar y difundir todo. Una segunda mediación es la censura, que elimina algunos contenidos. Y la tercera resulta menos evidente pero es más efectiva. El guion televisivo y el protocolo informático nos permiten participar de un modo concreto, según objetivos y un formato que no fijamos nosotros. Importa lo que se censura, pero más lo que se visibiliza y promociona. Por el simple motivo de que nos exponemos más a ello.

La selección es forzosa. Las cámaras no pueden enfocar lo que vemos en su totalidad. Igual que no existen espejos que recojan todos los ángulos del cuerpo, es imposible registrarlo todo. Y también emitirlo, porque el tiempo y la capacidad de atención tienen límites. Pero, además, ciertos contenidos se prohíben y eliminan porque resultan controvertidos u ofensivos. Ahuyentan la audiencia de la tele y a los usuarios de las aplicaciones. Y, entonces, se van los anunciantes; que son los verdaderos clientes.

La censura ideológica es la más evidente. El terrorismo, uno de los contenidos más polémicos en España, muestra que los límites de la libertad de expresión digital sobre este asunto se mantienen férreos. En el año 2000, durante la primera edición de Gran Hermano, un grupo llamado “Solidarios con los preSOS” irrumpió en la salida de una concursante pidiendo el acercamiento de los presos de ETA al País Vasco. La emisión se cortó, aunque las escenas pudieron verse y oírse vía satélite. Los productores no estaban aún muy experimentados. Ni el rodillo de la censura, bien engrasado.

Bastantes años después, en 2013, Argi Gastaka una joven vizcaína que participaba en Gran Hermano fue expulsada por el comentario (falso, aunque provocador) de que había participado en una manifestación pidiendo «la vuelta de ETA». Se refería, como el caso anterior, a los presos. Sus declaraciones, fuera de contexto o de lugar, convertían una memez o un chiste desafortunado en un delito de opinión. Le pasó lo que después a bastantes internautas, sancionados por “enaltecer del terrorismo” en las redes.

Argi Gastaka durante la emisión de Gran Hermano.

Con el tiempo, la expulsión del reality se ha transformado en cierre de las páginas de Facebook o cuentas de Twitter. La censura ha viajado de las pantallas de televisión a las pantallas de las redes. Seguida de peticiones de prisión.

Desde 2016, tras la reforma del Código Penal impulsada por el PP en 2015, este tipo de censura se ha incrementado exponencialmente. Lo demuestran los recientes casos de acusaciones de enaltecimiento del terrorismo en Twitter. Cassandra Vera, condenada a un año de prisión por hacer chistes sobre Carrero Blanco; Arkaitz Terrón, también condenado por bromear sobre Carrero Blanco e Irene Villa; o César Strawberry, por hacer referencias al GRAPO. Hasta contamos con la primera persona que ha ingresado en prisión por twittear: Alfredo Ramírez en noviembre de 2017.

La censura política es la más polémica. Pero no la más frecuente y eficaz. Suele generar debate y a veces solo busca eso: enviar un mensaje de advertencia que amedrente o desvíe la atención de otros temas. Pero en una democracia los mensajes vetados al menos se difunden y conocen, se discute si son pertinentes. Eso no ocurre con la censura por razones económicas: la que se ejerce porque así lo exige el negocio.

En todas las ediciones del directo de Gran Hermano los espectadores se cabrean y denuncian que se esconden imágenes de lo ocurrido en la vivienda donde encierran a los concursantes. Y amplifican sus quejas a través de las redes sociales. El logo del programa tapa lo que sucede o la retransmisión cambia a una cámara que no muestra nada interesante. Justo cuando parece que va a pasar algo. La cadena se justifica diciendo que “por respeto a los espectadores y a los concursantes se editan los contenidos del programa”.

Los fabricantes de la mal llamada telerrealidad reconocen que “editan los contenidos”. Y cacarean que no quieren herir sensibilidades. Pura palabrería. El directo de Gran Hermano (y de cualquier reality) se censura para dosificar los mejores momentos. Las imágenes o conversaciones más procaces y efectistas se reservan para emitirlas en las galas. O cuando necesitan darle “un subidón” a la audiencia.

Lo que la McTele llama “emisión en vivo y en directo” está editada. Vemos lo que nos dejan y les conviene. Lo que se graba sucede, pero emiten lo que quieren. Primero seleccionan y censuran los contenidos; después, los guionizan. Algo esperable, normal y lógico. Nadie aguanta tanta banalidad y zafiedad a pelo. Por algo los profesionales llaman “brutos” a las imágenes sin editar.

Las redes permiten compartir “imágenes en bruto” de las que somos testigos. Disponemos, por tanto, de una capacidad antes inexistente para usar los móviles como instrumentos de denuncia y autodefensa. Pero cabe cuestionar su efectividad, si no se sabe cómo hacerlo.

El movimiento que denuncia la brutalidad policial contra los negros en EE.UU fue impulsado por vídeos de excesos policiales. Este es el caso de Oscar Grant, un afroamericano asesinado por la policía en 2009. La gente que lo presenció lo grabó con sus teléfonos móviles y lo difundió a traves de Internet, lo que provocó manifestaciones en protesta por la brutalidad policial y el racismo institucional.

Imagen grabada con un teléfono móvil de la detención y asesinato de Oscar Grant.

Sin embargo, la violencia no decrece. Al contrario, los policías emplean la misma táctica con más recursos. Aumenta el número de los que llevan una cámara adosada a su uniforme. Proliferan vídeos de uno y otro bando.

Un problema social no se soluciona porque sea mostrado. A veces se enquista. Lo que importa no son las imágenes, sino que sean visibles para un número considerable de gente. Además, no en bruto y de cualquier forma. Han de ser editadas; es decir seleccionadas y guionizadas como las secuencias de un relato que testimonian su veracidad. El guion puede tratar de oprimidos y opresores. O presentar un enfrentamiento más clásico entre agentes del orden y delincuentes. Este último es el de la McTele que muestra el trabajo de la policía. Apenas tiene nada de documental: son vídeos promocionales, con material grabado por los agentes y, en cualquier caso, emitidos con su permiso. Publicitan, en lugar de mostrar, cómo funciona el sistema policial.

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