Dietética Digital Libre

McTele, redes y Trump

Cuando propuse llamarle McTele a la telebasura no quería usar palabras que provocaran asco sino rabia e indignación. Los concursantes y seguidores de Gandía Shore me merecen más respeto que quienes presentan o producen el programa. Por otra parte, las juergas televisadas de unos vagos indolentes no son menos dignas que, por ejemplo, las galas de Operación Triunfo. La forma de producir estos programas y sus fraudes se parecen mucho.

La McTele no nos convierte en protagonistas. En todo caso, ofrece participar en una pantomima. No decidimos, nos encuestan. Pagamos por opinar. Representamos papeles que ya están asignados, según su valor comercial. En última instancia, la tele digital no da sino que nos resta poder.

Llevamos más de una década enviando SMS con un precio absurdo a unos programas cocinados con la misma receta que la comida rápida. La inversión es mínima. Los salarios (casi) inexistentes y el beneficio enorme, gracias a que hacemos gran parte del trabajo. Enchufamos la tele y el ordenador, escogemos programa y foro de debate. Comentamos el programa en Internet, casa, el colegio y la pandilla. Pagamos —los votos, los aparatos y las tarifas de conexión— para informar sobre nosotros y hacerles propaganda gratuita.

La McTele presumía de haber instaurado la “teledemocracia” del mando a distancia. Acabaría evolucionando en la “ciberdemocracia”: la democracia del “click”. Gobernar a golpe de ratón. Es una metáfora acertada de nuestro poder. Reconforta soñar que existe un reino animal más justo, coronado por los roedores, que son más y más débiles. Pero no nos engañemos. Los elefantes no temen a los ratones. No se asustan y echan a correr si ven venir uno. Y los roedores son tan diminutos que, ante un paquidermo, no logran entender qué es. Sus cuernos parecen espadas, sus patas columnas, su trompa un tobogán…

Nuestro problema para entender la Red (Internet) es parecido. Se nos escapa por su enormidad. Una idea clave es que Facebook y cualquier otra red publicitaria —Twitter, WhatsApp, Instagram, Telegram…— no tienen nada de sociales. A no ser que pensemos que comunicarnos es darnos autobombo. O que veamos la sociedad como un mercado y a los ciudadanos solo como consumidores. Conviene hablar simplemente de redes. Porque así nos remiten a las que sirven para pescar o cazar. Y nos recuerdan que podemos acabar atrapados, como bancos de peces o bandadas de pájaros.

Las metáforas zoológicas inspiran una visión más positiva de las redes. Si las usásemos conscientemente, podríamos pensarnos como bancos de anchoas. Reunidas y girando juntas, confundiríamos a los depredadores. Podríamos parecerles un escualo. O, si nos imaginásemos aves, crearíamos bandadas para surcar grandes distancias. Volaríamos lejos, inasequibles al desaliento y al ataque de las rapaces. Pena que estos sueños de emancipación hayan sido desplazados por pesadillas y que un engendro las encarne.

La McTele prometía convertirnos en famosos, que acabaron convertidos en modelos de triunfo social. No conozco a ningún niño que de mayor quiera trabajar en McDonalds, pero sí muchos que desearían ganar un reality show. La McTele resulta más engañosa que las empresas de comida basura. ¡Y ya es decir! Ha logrado que comamos en el restaurante del payaso gigante pensando que nos sirve un menú magnífico. No sabemos lo poco que cuesta cocinar la televisión basura o los costes que conlleva el papel de concursante. Ni, lo más importante, quién se lleva siempre la mejor tajada.

En McDonalds nos entregan un cuestionario de satisfacción y un regalo gratuito al rellenarlo. También Facebook dice que es gratis. Pero convierte lo que compartimos en un perfil que nos define con enorme precisión: como consumidores (qué nos gusta) y publicitarios (a quién se lo contamos). La McTele también se anuncia como gratuita, pero aplica un guion con líderes y seguidores, ganadores y pagadores.

La McTele y las redes no muestran lo que somos capaces de hacer. Se diseñaron para que viésemos más programas, participásemos en más foros y votaciones. Para no salir de las plataformas y aplicaciones, comprar más… Y vuelta a empezar la dichosa cadena. Todos trabajando para ella.

La cadena del autobombo y el consumo se extendió. Creció con eslabones más gruesos, pero menos perceptibles. La autoexplotación se hizo invisible con Facebook: una plataforma publicitaria que se anuncia como una red social; es decir, para mantener y ampliar nuestros círculos sociales. Y, si lo merecemos, para convertirnos en personajes públicos.

Legiones de internautas sueñan ser youtubers, celebrities y, los más ambiciosos, emprendedores digitales. Se han tragado la patraña de que todos pueden serlo y la industria digital está para ayudarles. Como si creyesen que McDonalds es una cadena de comedores populares para cubrir necesidades sociales. O una escuela gastronómica que les convertirá en Máster Chef.

Cuando mis hijos me pidieron ver Máster Chef Junior, el reality de niños cocinillas, me tragué bastantes programas, intentando sacar el mayor provecho. Apenas logré que me ayudasen en la cocina y le perdiesen miedo al fuego. Pero mis noches se poblaron de payasos Rony McDonalds, el clown oficial de la cadena. Se reían a mandíbula batiente y se cachondeaban de los enanos cocineros. Sus chistes eran viejos y sus intenciones, malévolas. No daban risa, metían miedo. Regalaban chuches adictivas afirmando que tenían más vitaminas que la fruta.

La pesadilla empeoraba si los restaurantes se transformaban en partidos políticos y el menú en un programa electoral. Cuando creciesen, ¿los hijos de la televisión y las redes digitales creerían que se merecían esas propuestas? ¿Y que los candidatos estaban hechos a su imagen y semejanza? ¿Aceptarían que solo votase quien pudiese comprar el DNI? ¿Aspirarían a trabajos basura como los de McDonalds? ¿Trabajarían gratis como pinches de cocina, para ser chefs del colesterol? ¿Pagarían por currar, como decían que estaban dispuestos a hacer los concursantes de los realities?

La televisión digital dirigida a las clases populares olía a podrido. Conectada a la Red, ofrecía participación interactiva. Pero resultaba más fraudulenta que la comida basura. Era otro producto de bajo coste o low cost. Dicho en inglés, transmite glamour. Pero la participación de los espectadores correspondía a una democracia de baja calidad. El valor electoral y los sueldos de la mayoría eran tan miserables que adoraban la McTele. Allí y en las redes creían mandar más que en sus propias vidas. Las elecciones norteamericanas de 2016 hicieron realidad la pesadilla. Ronald McDonalds se encarnó en Donald Trump. Que a su vez se había inspirado en Ronald Reagan.

Por muy sorpresivo que haya podido resultar la victoria de Trump, si se analiza desde una perspectiva comparativa con lo que ocurrió en 1980 con Reagan se encuentran similitudes bastante claras. Ambos se habían creado un personaje en las pantallas, Reagan como actor de cine y Trump con su reality show. Su candidatura a la presidencia sacudió a la opinión pública y no fue tomada en serio en un primer momento. Sus campañas electorales han seguido el mismo esquema básico.

En primer lugar, presentarse como candidatos no pertenecientes a la élite política. Su promesa, volver a hacer a Estados Unidos grande de nuevo (‘Make América Great Again‘ fue el eslogan de Reagan, copiado por Trump). También se encargaron de crear un enemigo, una amenaza externa a la que culpabilizar -los comunistas para Reagan y los migrantes para Trump. Populismo de manual cargado de una ideología capitalista y ultraconservadora.

Fotograma de Youtube de Truthiracy3 (https://www.youtube.com/watch?v=VNtHT2wMeJ4).

Así, se entiende mejor cómo un multimillonario histriónico que se había pasado una década produciendo y protagonizando un reality luego ganó la Presidencia del país más poderoso del mundo. Eso sí, y aquí radica una de las principales diferencias, con una campaña centrada en usar los datos y la plataforma de Facebook. Inundó la Red de mentiras y ataques a sus adversarios. Para más coincidencias, quería nombrar ministro de Trabajo a un propietario de cadenas de comida rápida. El tal Andrew Puzder estaba acusado de robar el sueldo y acosar sexualmente a sus trabajadoras. Se oponía al salario mínimo y a las bajas laborales.

La fábrica de famosos de la McTele y las redes sociales ayudaron a Trump a monopolizar el debate público. Era el que tenía más recursos y experiencia para convertir la política en espectáculo. Y para rentabilizar el show en su favor. Todo lo que decía y hacía era autobombo, tenía una intención autopublicitaria. Su discurso era un continuo exabrupto, diseñado para secuestrar la atención del público y polarizarlo. Se cargaba la posibilidad de establecer un diálogo social razonable. Contradecía la verdad y la lógica. En campaña permanente, sostenía mentiras irracionales. Y así justificaba una política abiertamente racista, homófoba, militarista… El Gran Hermano había tomado el poder. Lo habíamos cebado entre todos y todas.

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