Dietética Digital Libre

McTele rosa y pornografía

La McTele , que se disfraza de telerrealidad, busca el máximo beneficio con mínimos costes laborales e inversión, en el menor tiempo posible. Esta fórmula, aplicada a tope y sin topes, genera contenidos que se acercan al porno. La tele y las redes digitales intentan ver hasta dónde llegan el exhibicionismo de los participantes y el morbo de los espectadores.

Los primeros realities no vinieron de Holanda porque las prostitutas se ofrezcan en los escaparates del Barrio Rojo de Amsterdam. La supuesta crueldad asiática no se manifiesta en los concursos nipones que bordean la tortura. Ni la competitividad norteamericana, en sus concursos.

La receta de los realities combina pocos ingredientes: carne, esfuerzo, sufrimiento y premio. Las dosis dependen de que los protagonistas acepten quedar desprotegidos hasta el punto de que peligre su integridad. No ya la moral, también la integridad física en los casos más extremos.

Se produce la McTele para la que existe gente dispuesta a exhibir sus habilidades, relaciones personales, (en) cuerpo y alma. Y se emiten los programas que reúnen espectadores y anunciantes en números rentables. No hay otro fin. Ni otro límite que el que dicten los tribunales. No importa si la McTele es blanca (saca “lo mejor” de las personas), negra (las maltrata o envilece) o rosa (las empareja).

Ilustración por Raúl Arias.

Las redes elevaron los participantes y el listón de lo permisible en los realities. Algunos que citamos a continuación son extranjeros. Apenas traducidos (el diálogo no es lo más importante), inundan los canales digitales españoles “gratuitos”. Son los espacios más baratos, quizás después de los consultorios de adivinos y videntes. Muestran a guiris desnudos y disfrazados, infieles y engañados; todos envueltos en competiciones libidinosas. No son necesariamente unos farsantes. No debiera recaer sobre ellos más escarnio del que ya reciben en los programas.

A pesar de sus excesos, la McTele invita a pensar que es real. Se basa en sentimientos. Y, como en el amor, la gracia está en cuestionarse si tiene fundamento. Deshojar la margarita: me quiere, no me quiere… Formularse las preguntas inevitables. ¿Será realmente así? ¿Tal como le siento e imagino? Son las mismas dudas que despiertan las celebrities. Por otra parte, escenificar el amor genera cariño y afecto. El papel que te atribuyen acaba siendo asumido. De tanto decirlo y oírlo, te lo acabas creyendo. Los concursantes de la McTele a lo mejor también.

Las encuestas muestran que los telespectadores no son crédulos ni ingenuos. Hasta mi hija con 11 años decía que en Master Chef Junior “escogen a los que dan más juego”. No solo ella, la mayoría de la gente sospecha que los realities utilizan y engañan a los participantes.

Pero esto no implica que consideren falsos los sentimientos que se muestran en pantalla. Ni que lo sean. Los encierros colectivos (p.e. un internado) generan intimidad. En la McTele se amplifica ante muchos ojos, pero es intimidad para los concursantes y los espectadores. La crítica no debe centrarse en unos ni otros, sino en las manipulaciones a las que son expuestos.

Naked and Afraid es un programa norteamericano que lleva parejas de desconocidos a lugares “salvajes”. Los abandonan desnudos y allí deben sobrevivir por sus propios medios. Es habitual que sean evacuados por fiebres o infecciones. El título del programa reconoce sin tapujos las circunstancias de los concursantes: En pelotas y asustados.

Adán y Eva es otro reality sin ropa, de factura española. Con referencias bíblicas, muy apropiadas en un país católico, dos personas compiten por “el amor” de una tercera. Al contrario que en el Génesis, la desnudez primitiva no se identifica con la inocencia. El cuerpo está manchado de pecado. La piel es pecaminosa en la McTele que presume de liberada. Tapa —pixela— las “vergüenzas” de los participantes y las cámaras hacen cabriolas para evitar mostrarlas.

Love @ First Kiss (Amor al Primer Beso) acelera los tiempos del cortejo e invierte los pasos de una cita tradicional. Reúne en una habitación a dos personas que se “conocen en Internet”. Sin mediar palabra, se funden en un beso de tornillo. Amor express, inaugurado con lengua. Después deciden si la usan para más cosas en una “cita rápida”. Si congenian, pueden concertar una “cita tradicional”, donde ya hablan. Pero con trampa: cuando el concursante acuda, puede encontrarse solo.

Los holandeses idearon Dating in the Dark (Citas en la Oscuridad) que sale bien barato y evita prolegómenos. El plató de televisión funciona como el cuarto oscuro de los bares de ligoteo para los más desinhibidos. Tres hombres y tres mujeres “se conocen” en plena oscuridad y tienen sucesivas citas “a ciegas”. Según los productores, se trata de “estrechar lazos sin depender de las frívolas apariencias”. Después de “estrecharse” con la luz apagada, esta se enciende y comienzan los enredos. La idea se vendió a casi veinte países: ofrecía gran ahorro de iluminación y vestuario.

Undressed (Desvestidos) es McTele italiana con una mecánica igual de simple y algo más recatada, pero poco más. Los dos extraños se encuentran ya acostados en ropa interior. Por lo de ahora no hay tríos. Los realities ensalzan la promiscuidad pero preservan la pareja monógama.

Una cita en el realitie ‘Undressed’ (Desvestidos).

La McTele rosa ofrece asistir “en directo” a cómo funciona “la química sexual” entre dos extraños. Su mecánica de producción consiste en probar qué parodia del amor o del deseo podemos llegar a representar y contemplar. Combina el concurso, el documental, la telenovela y la tertulia en las versiones más cutres y menos costosas. El mejunje se vende luego como natural y normal. Adjetivos que se aplican a las situaciones más anómalas y manipuladas.

En Cheaters (Infieles), las cámaras “sorprenden” a los amantes en plena “infidelidad”, por encargo de la parte despechada. La “caza” viene seguida de enfrentamientos que añaden cabreo y furia a cargo de los compañeros “engañados”.

El engaño también era el nodo central de la trama en There’s something about Miriam (Algo pasa con Miriam), pero lo cometían los productores. En este reality media docena de galanes pretendían seducir a Miriam, una top model mexicana. No supieron, hasta el último episodio, que era transexual. Los concursantes terminaron demandando a la productora. La prensa británica lo calificó “el reality show más cruel de la historia”. Un juicio demasiado apresurado.

Esta infinidad de formatos televisivos muestran el proceso de pornificación y aumento del exhibicionismo, intensificado ahora por la industria digital. Esconde carencias y necesidades de unas generaciones crecidas con las pantallas de televisión, primero, y con las del ordenador y el móvil, después. En esta hipersexualización de las relaciones sociales subyace la pérdida de sensibilidad y empatía de los individuos en la sociedad actual. La falta de experimentación de placer nos hace buscarlo en el otro, desarrollando un vouyerismo monitorizado, desde unas pantallas que no controlamos.

La desensibilización que arranca con la McTele y continúa con las redes digitales comerciales no se acota al placer sexual, sustituido por la pornografía. La violencia ya no nos resulta desagradable: está asimilada y normalizada. El dolor y el sufrimiento ajenos no nos afectan, como prueba la miriada de realities que explotan sin contemplaciones la humillación o la espectacularización de la violencia de los videojuegos y en las redes. Todo ello acorde con un orden económico-laboral injusto, que también damos por normalizado.

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