Dietética Digital Libre

Menú 1. Contra la McTele, las redes y Trump

Empecé a pensar este libro acosado por unos escolares que se conectaban por primera vez a Internet en una biblioteca rural. Diez años después sentí la urgencia de escribirlo. Unos jóvenes, que podrían haber sido aquellos niños, me hicieron una proposición indecente en el parque de El Retiro. Estas dos escenas se conectan con la aparición de Trump. E ilustran las tesis de estas páginas.

Arrancaba el siglo XXI en un pueblo de la Ribera navarra famoso por sus pimientos. Tanta era su fama que con uno de ellos levantaron una estatua descomunal en el paseo del río. Yo acompañaba a la que ahora es madre de nuestros hijos en su enésimo destierro de profesora interina. Abrumado por las hortalizas gigantes, mientras ella daba clase, me encerraba a trabajar en la biblioteca. Estaba desierta, hasta que al salir del colegio los niños venían a usar Internet. Por su número, debía haber pocos ordenadores en el pueblo; y menos aún conectados.

Aquella chavalada metía un estruendo considerable. Y ante ese “acoso escolar”, solo quedaba imitar a la bibliotecaria y hacerse el sordo. Dejaba de trabajar y ponía la antena a los comentarios de los críos, fascinado por la convicción y pasión que volcaban en los ordenadores. Hacían grupos de amigos y adversarios, a favor y en contra de los personajes que aparecían en pantalla. Me asombraba lo que eran capaces de hacer con unos programas de mierda. Literal: veían y comentaban telebasura.

Visitaban las webs de Gran Hermano y Operación Triunfo, dos programas pioneros de los reality shows españoles. Votaban quién debían expulsar del concurso. Odiaban y amaban, insultaban o piropeaban a los candidatos en los foros sin cortarse un pelo. Les tomaban casi por conocidos o colegas. Compartían y creían decidir sus destinos. Se sentían dueños de la tele y de sí mismos. Incluso elegían la quincalla del merchandising —revistas, cd, camisetas…—que comprarían en la tienda online… si tuviesen tarjeta. Los más pequeños inventaban que sus padres les habían regalado una y los más lanzados que la mangarían en casa. Mentira, eran de pueblo, más buenos que el pan y encima navarros: incapaces de tocar el bolsillo familiar.

Lo que sí hacían era entrenarse para cuando tuviesen perfil, primero en Tuenti y luego en Facebook o Instagram o Snapchat o… Eran los nativos digitales, miembros de la “like generation”, impulsados a expresar en tiempo real lo que les gusta, a grabarse y exhibirse. Se adiestraban en crearse una imagen pública que acabarían llamando “marca personal”. Construida como si fuese otro objeto de consumo: siendo lo que compras, comprando lo que eres. Enseñándolo todo. El Gran Hermano les vigilaba entonces. Ahora nos gobierna. Lo hemos engordamos entre todos y todas.

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