Dietética Digital Libre

Bonapartismo digital

El follón que provocó Facebook Noticias (Falsas) revela que la herramienta se les había ido de las manos. Se había vuelto loca. La compañía carecía de valores, estándares y protocolos para verificar la información. No anticiparon las consecuencias no deseadas que esas carencias podían provocar, porque no les importaban. Y no les importaban, porque ni siquiera asumen las funciones que desempeña la plataforma. Facebook se autodenomina “una empresa de tecnología”. Pero claramente es mucho más que eso. Aunque no quieran asumir la responsabilidad, las redes se han convertido en el foro prioritario de información de muchísima gente.

Facebook no quiere dejar a nadie fuera. No podía prescindir de los jóvenes que desde Macedonia viralizaron con un éxito tremendo el falso apoyo del Papa Francisco a Donald Trump. Tampoco cierra las cuentas de los creyentes en los ángeles de la guardia, los pedruscos sanadores o los montajes de la NASA. ¿Por qué vetar a quienes presentaban a Trump como un pastor evangelista que, con el apoyo del Vaticano, anunciaba el fin de mundo? Esta era la sibilina caracterización que hacían del personaje quienes le promocionaban desde los portales de noticias falsas. No importaba que, una vez en el poder, pudiese cerrar las fronteras, para expulsar a “los malos” y salvar a “los buenos”.

Zuckerberg afirma que Facebook no se mete en cuestiones de contenido, porque respeta la libertad de expresión. El argumento merece respuesta porque es mentira. Ni él puede ser tan simple, ni nosotros tan bobos. Claro que a las redes les interesan el contenido de nuestras comunicaciones, pero solo por los datos que generan. Consideran el debate social, igual que a los usuarios: materia prima para hacer publicidad. Y la plataforma no es neutra: viraliza los contenidos que la hacen crecer en extensión y densidad.

Ilustración por Raúl Arias.

La libertad de expresión digital ha acabado pareciéndose a la de un manicomio. La ejerce con eficacia (atrayendo atención) quien más grita y gesticula. Carece del mínimo sentido común. Y ha perdido la noción de la realidad. Pero ambas dolencias representan una ventaja. En el manicomio triunfa el más bonapartista de los locos, el que se cree Napoleón. Las redes le censurarían si asustase a las visitas (otros usuarios) o dificultase el funcionamiento del frenopático (creando problemas legales). Pero Trump atrae muchos pacientes al manicomio, les entretiene y habla en su nombre.

Casi 60.000 profesionales norteamericanos de salud mental diagnosticaron a Trump “narcisismo maligno”. Una combinación que suma los desórdenes de una personalidad antisocial, paranoica y narcisista. Se manifiesta con sadismo, infligiendo dolor a aquellos por los que no siente ninguna empatía. El concepto fue desarrollado por el psicólogo Eric From para describir a Hitler. Resulta impreciso hablar de neofascismo trumpista, pero no de bonapartismo o de la tiranía larvada en el manicomio digital.

La amenaza seria que representa Trump es que desplace al Congreso y al Senado, al poder judicial y a la Prensa. Que nadie pueda ponerle riendas. El bonapartismo (o cesarismo) acumula poder en manos del tirano. Suspende las normas constitucionales y debilita los contrapoderes. Quien acapara la atención pública representa al Pueblo, le informa, legisla, juzga y adopta medidas impredecibles. Si los ciudadanos no le plantan cara, están a su merced y sujetos a su arbitrio. Trump saltó las verjas del psiquiátrico y entró en la Casa Blanca porque la McTele, las redes y las noticias falsas reducen la ciudadanía al papel de consumidores y espectadores. Y comparten el mismo objetivo: acaparar el mayor número de pantallas encendidas y de clics. Con este baremo, la cordura y la verdad llevan las de perder.

2 comentarios en “Bonapartismo digital

    1. Muchas gracias por el comentario y por la información Eduardo, no estábamos al corriente. Aún andábamos en shock por la elección del director del Banco Santander Brasil para presidir el Banco Central brasileño. Con razón la Bolsa subió tras la elección de Bolsonaro…

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