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La tele de los pobres

La McTele produce ficción con apariencia de documental. Pero el reportaje costumbrista se edita como un folletín. Primero, se obtiene una cantidad ingente de imágenes en bruto y muy baratas de producir. Luego se censuran algunas y otras se seleccionan, para ordenarlas y emitirlas según convenga. El primer Gran Hermano español fue montado por especialistas venezolanos en culebrones. Este es el formato que nos encasqueta la McTele, obligándonos a representarnos en una telenovela. Una de las guionistas, Gilda Santana, contaba: “¡Lo que se ve, pasa de verdad y supera con creces a la inventiva de cualquier guionista! Pero lo que sí podemos elegir es de qué manera contamos el cuento al espectador”.

El casting o selección de los participantes supone el recorte de realidad más decisivo. La mal llamada telerrealidad escoge individuos desacomplejados y adaptables. Dispuestos a cualquier cosa por ganar. Con aguante y ambiciones que venzan los escrúpulos. Para cerciorarse de que cumplen el perfil, pasan tests psicológicos y entrevistas que se graban. Aunque se les descarte, sus imágenes pueden ser objeto de mofa y servir de aperitivo al programa. Ellos y los concursantes renuncian a cualquier derecho de imagen. Y a otro representante legal que no sea la productora. Son condiciones inadmisibles para quien goza de cierto estatus o puede encontrar un trabajo digno.

Los guionistas establecen las relaciones entre los concursantes. Los productores las fomentan dando directrices. Y las historias se escriben sobre la marcha, según estudios de mercado, que se disfrazan de debates en las redes y votaciones. Todo es un cuento. Con el tiempo, las personas se transforman en personajes. Si creen esa ficción y no se reintegran a la vida cotidiana, acaban siendo víctimas del papel que representan. El resultado puede ser trágico, para ellos y sus familias. El riesgo, como es lógico, aumenta con los concursantes más vulnerables.

En 2009, Jade Goody, exconcursante del Gran Hermano británico, fallecía a los 27 años devorada por el cáncer. Se enteró del diagnóstico de su enfermedad mientras estaba en el programa. Se lo comunicaron sin previo aviso y retransmitieron su reacción en directo. Luego vendió exclusivas de sus últimos meses de vida: boda, peleas conyugales, parto y crianza de los hijos, tratamientos y paliativos… Hasta el mismo día de su muerte, que fue seguida y retransmitida por medios de todo el mundo. A la mañana siguiente, su madre informaba y suplicaba: “Jade ha muerto a las 3:55 de la madrugada. La familia y los amigos deseamos finalmente un poco de privacidad”.

La ex concursante del Gran Hermano británico Jade Goody.

La muerte, el último acto personal, el único que nadie puede arrebatarnos, está en venta. En lugar de detestar a Jade, podríamos mirar su contexto. Gran Bretaña fue el país pionero en recortar los servicios sociales y, en concreto, la cobertura sanitaria. En 2011 un tribunal especial condenó a la prensa sensacionalista británica por su falta de escrúpulos y exigió regularla. Sin otro recurso que su biografía, Jade la vendió a quien se la compraba. La McTele creó y magnificó su personaje. La Prensa carroñera deseaba devorar su cadáver, hasta los despojos.

Los aspirantes a triunfar en la McTele cotizan bastante bajo en la sociedad del espectáculo, al margen de lo que cobren. Son desconocidos o celebrities de saldo, caídas en desgracia o de capa caída. En todo caso, figuran muy abajo en la escala social y mediática. Jade Goody apenas llegó a esteticien y se hizo famosa por sus insultos racistas. Exhibirse y escandalizar eran sus herramientas para enriquecerse.

La McTele seduce a las clases populares pero las expone a interpretaciones banales, las vende a la mirada ajena. Los televidentes no se implican con el más desvalido o el fracasado. Asisten a la desgracia como quien no puede evitar girar la cabeza al ver un accidente de tráfico. Mira de pasada, pasea la mirada y sigue su curso. Aliviado, tal vez, de no ser él la víctima. En el mejor de los casos, siente empatía recordando haber sufrido situaciones parecidas. Pero que las padezcan otros proporciona cierto alivio.

En los realities la vida adquiere el tono y el sentido de una representación. Ofrece papeles verídicos, quizás sentidos por los concursantes y los televidentes. Pero son los trabajos de televisión peor pagados. Los desempeñan precarios sin cualificación. La McTele dice que los representa, pero espectaculariza su estado. Les condena moralmente, etiquetándoles de culpables de su fracaso. No exagero. Y lo que aumenta la gravedad de la situación, en muchas ocasiones son las televisiones públicas las que emiten este tipo de programas que espectacularizan la miseria.

Camping PowNed es un programa neerlandés sobre familias en paro y sin recursos. Les promete pasar las vacaciones de su vida en un camping. En realidad, les somete a intensas jornadas de trabajo con tareas asignadas. Es una reinvención de los campos de reeducación nazis o estalinistas. Los productores definen el programa como “un servicio de reinserción laboral”. Aseguran ufanos que quienes viven de subsidios “se reencuentran con la disciplina y el hábito del trabajo”.

Margaret Thatcher encabezó la revolución neoliberal en los años ochenta. Uno de sus pilares fue el recorte y la progresiva eliminación de las prestaciones de desempleo. Tres décadas después, la McTele aplica a los parados auténticos ejercicios de sometimiento, que explotan la necesidad. Abundan los ejemplos.

El panorama televisivo de Gran Bretaña se agitó en 2014 con Benefits Street. El programa pretende retratar el día a día en la zona con mayor índice de prestaciones sociales. Podría servir para debatir su función y mejorarlas. O plantear por qué aumentan la brecha económica y la población en condiciones de miseria en una economía que califican de la abundancia. El reality, en cambio, se centró en mostrar que algunos protagonistas, además de cobrar las ayudas, cometían delitos: vendían droga, no declaraban ingresos en negro…

Imagen del reality británico Benefits Street.

Mensaje político: quitemos las prestaciones, aumentemos los policías y el número de cárceles. Moraleja y falsa moral de la McTele: los parados (si me apuras, también los pensionistas y demás clases pasivas) son unos aprovechados y maleantes. Se benefician de nuestros impuestos agotando los recursos del Estado de Bienestar, parasitando la riqueza del país. No se esfuerzan, ni conforman. Quieren vivir por encima de sus posibilidades. Y, como nos les llega el paro o la pensión, roban o trafican. Incluso, violan. No lo dice quien escribe, sino Donald Trump, refiriéndose a los inmigrantes latinos y otros “ilegales” con una epidermis que no sea rosada.

La crisis económica y la fractura social aportan materia prima al entretenimiento clasista. The Briefcase, un concurso norteamericano, entrega un maletín con 101.000 dólares a dos familias de clase media-baja, con deudas o problemas de liquidez. Después de visitar la casa de la otra familia y hacerse una idea de cómo viven, deciden qué hacen con el dinero. Quedárselo, repartirlo o dar todo a la otra familia. No saben que ambas tienen un maletín con la misma cantidad. La generosidad, la compasión, la caridad… y la desesperación son objeto de espectáculo.

Abundan los realities que fomentan la rivalidad entre gentes sin recursos. No se contentan con atacar las políticas que apoyan a los desfavorecidos o redistribuyen riqueza y oportunidades. La McTele mina el sentimiento de cohesión social y apoyo mutuo. No propone que nos sintamos iguales y que cooperemos. Sintetiza el mensaje del capitalismo más descarnado: competid y pelead entre vosotros; nunca contra los de arriba. El altruismo y la generosidad son de imbéciles. El egoísmo y la avaricia, virtudes. Recelad de los fracasados. Deben ser humillados y ofendidos. Están hundidos. No los podemos salvar. Si les asistimos, nos hundirán a todos.

Un judío superviviente del Holocausto, llamado Primo Levi, tituló su última obra: Los hundidos y los salvados. Relata experiencias propias y trata de la psicología y del lenguaje que normalizaban el exterminio en los campos de concentración. Se suicidó en Turín en 1987. Quizás porque accidentalmente cayó por el hueco de la escalera. Quizás abrumado por el recuerdo de aquello de lo que había escapado. Quizás por sentir cómo le acosaba de nuevo.

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