Recetario

Plato 2 – Un suculento veneno

El primero de los tres episodios de Black Mirror es Vuelvo Enseguida (2×01). Una pareja joven, Martha y Ash, se muda a una casa en el campo. Una mañana, mientras ella trabaja, Ash fallece en un accidente de coche. En el entierro, una conocida le sugiere a la viuda una aplicación digital que, aunque está en desarrollo, puede ayudarle. Se trata de un software que encuentra en la Red los datos de una persona y crea un avatar para interactuar con él. Martha, en un principio, queda horrorizada y no quiere saber nada del tema. Sufre con el recuerdo de Ash, porque vive en la casa donde él se crió. Tras saberse embarazada, acepta intercambiar mensajes de texto con el Ash virtual. Cada vez pasa más tiempo con la aplicación y sube toda la información disponible sobre su novio para mejorar las funcionalidades y “hablar con Ash” por teléfono. Llega a adquirir un cuerpo artificial con la apariencia física del muerto. Los conflictos, debidos a las diferencias con el auténtico Ash, hacen la situación inviable.

Una tapa

La tecnología debiera servir, ante todo, para paliar las carencias más urgentes y que afectan al mayor número de personas. La tecnología permite identificar y afrontar nuevos retos. Gracias ella hemos alcanzado cotas de desarrollo y un bienestar material sin precedentes. Pero los dispositivos digitales también provocan un exceso de expectativas, que quizás resulten superfluas o incluso nocivas. Aquí arranca el posible proceso de manipulación: hacernos desear algo que, en el fondo, no queremos. O que, por desconocerlo, acabará perjudicándonos.

El deseo digital se dispara en la medida que profesamos una especie de fe tecnológica. Aunque esta religión resulta bastante laica, herética e insaciable. Sus dogmas son el consumismo, la sacralización de los dispositivos y un hambre voraz de perfección. ¿Nos creemos dioses con nuestro móvil en la mano? ¿Los usamos creyendo que aporta soluciones casi divinas a cualquier problema? ¿Qué cielo queremos alcanzar, que nunca llega?

Abordamos, pues, la cuestión de si debemos poner límites a nuestros deseos digitales. En concreto, veremos su capacidad de robarnos energía para vivir con plenitud: siendo conscientes de nuestros límites; es decir, nuestras limitaciones. El progreso tecnológico debiera servir para identificar nuestras necesidades y para potenciar las habilidades con las que solventarlas. Bajo una premisa: nunca alcanzaremos la perfección.

En el episodio que nos ocupa, Vuelvo enseguida, la limitación humana a derribar es la muerte; en este caso, la de un ser querido. La fantasía digital consiste en insuflarle vida de nuevo. No cabe pensar en deseo más intenso ni pretensión más desaforada. Posiblemente, muchos no queremos alcanzar la inmortalidad. Pero ¿y resucitar a la persona amada?

Subimos a la Red un torrente continuo de datos. Muchos nos resultan desconocidos y, al no poder procesarlos, ignoramos también el conocimiento que generan. Las relaciones entre grandes bases de datos descubren pautas que luego sirven para condicionar tendencias. La mayoría permanecen implícitas y pueden ser reforzadas o no. ¿Cuando te deprimes sientes ganas de comer chocolate? La plataforma puede mandarte noticias tristes, las que saben que te afectan más. Y acompañarlas con anuncios de productos super-chocolateados, dosificándolos para que hagas el máximo consumo.

¿A quién pertenecen nuestros deseos digitales? ¿Quién les da forma? Intentando digerir este plato, cuestionamos hasta qué punto la identidad digital se corresponde con la identidad real. Y esto nos lleva a preguntarnos qué significa realmente ser un humano. Porque la Inteligencia Artificial (IA) difumina la frontera entre lo natural y lo artificial. Convendría, pues, pensar dónde ponemos el límite. Porque, si renunciamos a fijar uno (como pretende la industria), perdemos el sentido de la realidad.

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