Recetario

Plato 3 – Comida que da hambre

Para el segundo de los tres episodios utilizados de Black Mirror escogemos Caida en Picado (3×01). Lacie, una mujer joven, vive en una sociedad gobernada por un ranking digital: con valoraciones de una a cinco estrellas. Es una jerarquía determina el lugar que ocupa cada “ciudadano” y si accede a mejores bienes y servicios. En última instancia, la puntuación marca las condiciones y el proyecto de vida. Lacie reside en una pequeña casa alquilada con su hermano. Cuando su casero la pone en venta encuentra el adosado de sus sueños en una idílica urbanización, aunque resulta demasiado cara. Para acceder a un crédito, necesita mejorar su puntuación. La boda de una antigua amiga se presenta como la oportunidad perfecta para mejorar, logrando la posición social que tanto desea. Sin embargo, de camino a la ceremonia, una cadena de infortunios le colocan en una situación cada vez más desesperada.

Una tapa

Con este plato examinamos la capacidad de la tecnología para determinar la posición social que ocupamos. Nuestro sistema económico se asienta en el individualismo, la competencia, la acumulación y el crecimiento infinito. El capitalismo cognitivo traslada estos principios a las personas y la sociedad. Las corporaciones tecnológicas convierten en propiedad privada la información y conocimiento que generamos entre todos. Esa inteligencia colectiva se canaliza al Big Data que, a su vez, nutre la IA diseñada para gobernarnos.

Asistimos a la cuantificación de todos los aspectos vitales. Nada escapa a los algoritmos: conjuntos de operaciones matemáticas que establecen las instrucciones o reglas bien definidas, ordenadas y finitas, que permiten realizar una actividad. Como señala Wikipedia, un algoritmo serían las instrucciones del patrón para que un empleado realice su trabajo. Los algoritmos trabajan, pues, para las plataformas y nosotros para ellos: para que nos puntúen bien.

Los algoritmos otorgan un valor numérico a cada interacción o contenido. Interactuamos digitalmente desde nuestros aparatos y nuestra actividad es procesada independientemente de quién seamos. Pareciera democrático, pero el resultado reproduce las dinámicas de poder y aumenta la desigualdad. Los algoritmos generan datos que puedan monetizar: convertir en dinero. Usuarios y contenidos adquieren difusión según aporten valor a la empresa, que aplica técnicas para desencadenar más reacciones; es decir, más datos.

Empleada así, la tecnología digital produce desigualdad acumulativa. En Internet triunfan las marcas (personales o colectivas) más lucrativas, las que proporcionan más ingresos. Y suelen corresponder a quienes tienen más capital económico (p.e. para comprar robots o contratar campañas publicitarias) o capital social (p.e. seguidores). Internet da capital simbólico (carisma, popularidad o capacidad de influencia) a quien tiene más recursos. El capital cultural (p.e. conocimiento informático, saberes generales o específicos) también cuenta. Pero suele requerir dinero o contactos para obtenerlo y, además, no siempre se tiene en cuenta. Resulta más rápido convertirse en influencer con conocidos en ese mundo (capital social) y marcas patrocinadoras (capital económico). Los algoritmos, por tanto, agravan las desigualdades de partida.

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